sábado, 11 de enero de 2014

¿Me puede traer un vasito de agua, por favor? ¡Y sin chile!

Comiendo gorditas en Cuantinchán
¡Híjole, carnales! ¿A poco no estuvo de poca madre el artículo anterior? Espero que les haya gustado, pues lo escribí con mucho cariño y con la esperanza de despertar en muchos las ganas de visitar México, un país multicolor, lleno de matices importantísimos donde ocurrieron eventos que marcaron para siempre la historia de nuestro continente. Les digo esto porque mucha gente desde afuera ve a países como México, Venezuela y a Latinoamérica en general como áreas peligrosas a donde nunca ir. Esto los lleva a crear prejuicios innecesarios y muchos se privan de vivir grandes aventuras en esos lugares. Hace poco un amigo me preguntó qué tan peligroso era México y si era más peligroso que Caracas, que él tenía muchos amigos en tierras del guacamole, pero que se había privado de ir porque siempre escucha malas cosas en las noticias. Veámoslo desde este punto: si el mundo fuera como en las noticias, entonces creo que no existiría lugar en la tierra para admirar, puesto que el 99% de las noticias siempre son de muertes, corrupción, asaltos, desastres naturales, etc. Más allá de todo eso, el mundo es y siempre será un lugar lleno de maravillas y es lamentable que muchos no valoren eso. Les digo algo más, para su propia reflexión. El planeta tierra es tan único que de los cientos de exoplanetas recientemente descubiertos ninguno es tan PERFECTO como el nuestro ¡Tenemos todo! Y no hay mejor manera de valorar nuestro planeta sino viajando, conociendo y admirando los matices que lo caracteriza.


Cuautinchán, la casa de las águilas

De regreso al país el taco, en el artículo anterior nos quedamos en los paisajes de la Ex Hacienda de Chautla en San Martín Texmelucan. (No se sientan mal si a estas alturas aún no pueden pronunciar bien los nombres de las ciudades y pueblos mexicanos, pues a mí aún me cuesta). Al día siguiente junto a Guadalupe me esperaba un paseo a dos municipios pequeños, pero coloridos y muy lindos.

El primero de esos municipios se llama Cuautinchán y en náhuatl, una de las lenguas indígenas mexicanas, significa “la casa de las águilas”. La verdad no sé por qué los antiguos indígenas llamaron así al pueblo, pues yo no vi ni una sola águila cuando fui y no encontré nada en Internet que explicara el porqué de su nombre. La atracción principal de este pequeño pueblo es su exconvento franciscano y unas ruinas arqueológicas recién descubiertas, pero que lamentablemente no están abiertas al público y según un lugareños, están en manos de empresas privadas. Cuautinchán es un municipio pequeño y extremadamente tranquilo. Lupe y yo llegamos directamente al exconvento sin perdernos en absoluto. El pueblo se ubica a aproximadamente unos 35 kilómetros de Heroica Puebla de Zaragoza. Llegamos como a eso de las 9:00 a.m. y en la entrada estaba uno de los trabajadores de turno del lugar. Le preguntamos si podíamos entrar y al principio pareció estar un poco renuente; sin embargo, accedió a darnos un pequeño paseo por todo el lugar. Al entrar nos dimos cuenta de que el lugar está prácticamente en ruinas y sólo lo han mantenido durante los últimos años, no se han hecho reparaciones en absoluto. El exconvento fue terminado en el año 1590 y fue diseñado por un arquitecto español de nombre Francisco Becerra y dedicado a San Juan Bautista.
En el techo del exconvento de Cuatinchán

Comenzamos nuestro paseo trepando al techo del convento y observando la ciudad por completo desde allá arriba. Desde arriba el guía nos explicó las diferentes partes del lugar, pero para serles sincero le entendía muy poco de lo que hablaba. El señor hablaba a la velocidad de la luz y con una dicción tan mala que parecía otro idioma. Pero a pesar de no entenderla más de la mitad de las cosas que él decía, debo decir que fue muy amable y sabía muchísimo del lugar. Poco a poco fuimos caminando y comenzamos a subir hacia la torre principal del convento, pero por los lados. Sin darme cuenta el señor nos llevó por los lados de la estructura, donde sólo se podía caminar de lado y sin mirar abajo puesto estábamos a una altura de más de tres pisos. Una caída desde allí hubiese resultado mortal y tal vez no estuviese escribiendo esto. Lo más sorprendente de todo es que el señor caminaba por allí como si estuviese caminando en su casa y ni siquiera nos advirtió de ese “pequeño” detalle. Cuando me doy cuenta, ya estaba a mitad de camino y apunto de paralizarme del vértigo, cerré los ojos, respiré profundamente y me dije a mí mismo: “mira hacía el frente, Moisés”. Cuando logro atravesar la primera parte del recorrido, volteo hacia atrás y veo a Guadalupe petrificada del miedo a punto de llorar y diciendo: -“¡Ay señor, ay señor! ¿Puedo dejar mi bolso el suelo porque pierdo el equilibrio?”- Yo no pude hacer más nada que estallar de la risa. El señor se acercó y tomó la cartera de Lupe y la ayudó a cruzar. Así pasamos como 10 minutos caminando por allá arriba con riesgo a caernos hasta que llegamos a lo alto de la torre donde está la campana. Por lo menos el susto valió la pena porque la vista desde allá arriba es impresionante. Se ve el volcán Popocatépetl a lo lejos y la vista se pierde en la infinidad de las montañas. Gracias a Dios bajamos por otra parte y no tuvimos que pasar de nuevo por el precipicio por el que ya habíamos pasado antes.

Terminamos nuestro recorrido en la iglesia del convento. Unos empleados estaban limpiando el lugar, pero eso no fue impedimento para entrar cordialmente y echarle un vistazo. Se nota lo antiguo del lugar por todos lados y dentro de la iglesia hay pinturas que datan del siglo XVI.
"modelando" en Cuatinchán.
Salimos del convento y fuimos a desayunar. Pedimos un par de gorditas, unas tortillas a base de maíz aplanadas y rellenas de frijoles. Luego en un café justo al frente del lugar, nos sentamos a tomarnos un rico café de olla con nuestras gorditas. El café de olla se prepara en una gran taza de barro y se mezcla con canela, lo sirven en una taza redonda de barro y es muy bueno.

Tecali de Herrera: ¡llegaron los compradores de ónix!

Después de degustar nuestras gorditas, nos montamos en el coche de Guadalupe y preguntamos la vía para llegar a Tecali de Herrera. Tomamos un atajo por un camino de tierra y minutos más tardes estábamos ya en la carretera principal hacía el municipio. La vía estaba muy poco transitada, pasaba uno que otro carro cada diez minutos. A mitad de camino vemos una señora de 70 años, o tal vez más, caminando completamente sola con una cesta en una de sus manos. Le pasamos por el lado y seguimos. En eso Lupe me comenta: -“Ya debemos de estar por llegar a Tecali, porque ya veo gente”-. Pasamos una curva, dos curvas, tres curvas, y ni rastros de civilización. –“¡No manches, pobre señora, lo que le toca caminar”-. Me comenta Lupe. “¡Va a llegar mañana a su casa, pobre alma!”. Le respondo. –“¿Sabes qué, pince Moi? me voy a regresar para darle un aventón a esa señora”-. Así lo hicimos, dimos vuelta en U en cuanto pudimos y nos regresamos a buscar a la señora. En menos de 5 minutos ya estábamos donde habíamos visto a la abuelita. Me pasé al puesto de atrás y la señora con gusto aceptó nuestro ofrecimiento. Luego le preguntamos a la señora cuánto tiempo se tomaba para llegar a su casa y nos dice –“Pos, nomás una hora y tantito”- ¿Una hora? Se nota que estaba acostumbrada a hacerlo siempre. En el camino nos pusimos a “platicar” con la señora y nos preguntó si íbamos a Tecali a comprar ónix y mármol, pues el municipio es muy famoso ya que es gran productor de artesanía en estos materiales. Lupe le responde que sí, que tal vez nos llamaba la atención algo y lo comprábamos. La señor enseguida responde: -“Pos, entonces los llevo para donde mis hijos”-. Así fue. En menos de 20 minutos ya estábamos llegando al Tecali de Herrera y la señora emocionada porque no sólo se había encontrado quien le diera un aventón, sino que le había conseguido compradores de ónix a sus hijos. Yo volteaba a ver a Guadalupe y le veía con cara de “en qué nos metimos”, pues en realidad yo no quería comprar nada de ónix. Llegamos a casa de la señora y nos bajamos al taller de sus hijos por pura educación. Al llegar a su casa la señora, desde afuera, le grita sus hijos “¡Mijos, les traje compradores de ónix!”. Ahora me sentía en la obligación de comprarle algo a esa gente. Salió uno de sus hijos y nos atendió amablemente. Nos comenzó a mostrar las artesanías que hacían y para sorpresa nuestra eran extremadamente baratas. Para suerte de ellos y la nuestra, Guadalupe y yo nos volvimos locos y compramos como 10 cosas diferentes. En total me gaste 130 pesos que al cambio son menos de $10.
Artesanías en mármol
Terminamos nuestra comprar de artesanía y nos fuimos al centro del pueblo. Allí visitamos las ruinas de un antiguo convento y una vez más no pagué la entrada por tener mi carné de estudiante. El municipio es pequeño y muy muy tranquilo. Entramos a varias tiendas de artesanía y compramos otras cosas más. Ya pronto sentimos hambre de nuevo y preguntamos a un policía dónde podíamos comer. El policía nos recomendó varios restaurantes pequeños y también el mercado popular. A este últimos nos decidimos. Llegamos y pedimos un taco placero, se trata de un taco inmenso, como el triple de los tacos normales. Prácticamente acababa de comer en Cuautinchán y ya estaba tragando una vez más. Terminamos de comer y nos regresamos a Puebla de Zaragoza. Llegamos en menos de una hora y media y pasamos a casa de Lupe sólo un rato. Después del anochecer Lupe me llevó a comer tacos al pastor. Yo ni idea de qué era eso de “tacos al pastor”, pero la mera idea de que era comida me entusiasmaba. Llegamos a un pequeño restaurante, nos sentamos, el mesonero nos atendió y tomó nuestra orden: “Una maxitablita de carnes”. Cuando nos traen la orden, veo que efectivamente eran diferentes cortes de carne sobre una tabla de madera, en otro plato nos colocaron las tortillas de maíz para hacer los tacos. Estos tacos al pastor son muy populares en todo México y lo que los hace diferentes es la carne que se utiliza, que resulta ser una combinación de carne de cerdo y carne de ternera, en algunos casos puede ser solo carne de cerdo. Además, la carne se prepara con otros ingredientes que incluyen especies y chiles rojos molidos, estos últimos son los que le dan el color rojizo distintivo. Como verán el chile jamás puede faltar en la cocina mexicana. Incluso cada vez que iba a pedir agua le decía al mesero o mesera “¿Me puede traer un vasito de agua, por favor? ¡Y sin chile!”. Uno nunca sabe, si hasta me comí un granizado con chile, puede que hasta le pongan también al agua. Además, les cuento que eso de enchilarse es tan normal en México que hasta yo lo viví en carne propia. Quien no vaya a México y no se enchile es como ir a la playa y no bañarse en el mar.

Esa noche comí 8 tacos al pastor, una ración de guacamole y luego pedí dos tacos de carnitas, además, pedí un agua de horchata, una bebida que se prepara al mezclar harina de arroz, azúcar y leche condensada. Después de cenar les juro que casi no podía caminar.

La gran pirámide de Cholula
Maqueta que simula cómo era la pirámide de Cholula
Al día siguiente nos esperaba uno de los destinos más esperados: la gran pirámide de Cholula. Antes de mi llegada a México no tenía ni la más mínima idea sobre esta pirámide. Sólo había escuchado hablar sobre Teotihuacán y la gran pirámide de Chichén Itzá. Al llegar Guadalupe me comenta que iríamos a Cholula con una de sus amigas que sabe mucho sobre la historia de Cholula a ver unas de las pirámides más grandes de todas. Así fue, ese día en la mañana nos encontramos con Lupita, la amiga de Gudalupe, en Puebla y juntos salimos hacia Cholula. Sí, sé que están pensando que el nombre Guadalupe es muy común en México y la verdad es que sí. La ciudad está a menos de 40 minutos de Puebla. En el camino Lupita me iba hablando sobre datos importantes de la ciudad y la pirámide, como que es la pirámide más grande en base y en volumen del mundo, mas no en altura. Al llegar a la ciudad y bajarme del coche de Lupe comencé a ver para todos lados buscando la gran pirámide de la que me habían hablado. No la vi por ningún lado, sólo veía una montaña con una iglesia en la cima. Lo primero que hicimos fue ir a un museo local donde puedes apreciar muchas obras de arte de la época prehispánica, pero de las cuales, en su mayoría, sólo hay réplicas, pues los originales están o en Paris o en Nueva York o en cualquier otro sitio que no es México. Alguien que me explique esto porque no lo entiendo, se supone que son elementos de la cultura mexicana, no de la parisina o la neoyorquina. Grandes incongruencias de nuestra sociedad que yo jamás termino de entender.

En el museo pasamos más de una hora escuchando las asombrosas explicaciones de Lupita sobre cada uno de los artefactos que veíamos. Me contó leyendas de la ciudad, como la del nacimiento del sol y la luna; y la matanza de Cholula ejecutada por órdenes de Hernán Cortés, conquistador español. En esta matanza resultaron muertos más de 6 mil cholultecas, la mayoría de ellos civiles desarmados y todo, porque el pinche español este pensó que era necesario, pues había escuchado de una supuesta alianza y emboscada donde se le quería matar. Según el propio Hernán Cortés, se trató de una acción preventiva. ¡Pinche español desalmado!

Después del museo, fuimos al baño (se supone que debía omitir esta parte) y luego entramos a la gran pirámide. Yo aún no terminaba de entender cómo era eso de que íbamos a entrar ya a la gran pirámide, pero yo aún lo la veía. Pues resulta, señores y señoras, que esa gran montaña con una iglesia en su cima es la gran pirámide ¡Tarán! Así mismo, lo que sucede es que la pirámide de Cholula tiene más de dos mil años y ha sido construida, al igual que el templo mayor, en diferentes etapas. Este centro ceremonial fue también abandonado durante un tiempo, aproximadamente 100 años después del repentino y aún desconocido abandono de Teotihuacán, ciudad de la cual hablaré luego. Lo que sucedió fue que con el tiempo la pirámide se cubrió de lodo, arena, comenzó a crecer vegetación a sus lados lo que hizo que la gran pirámide se transformara en una montaña. A la llegada de los españoles, estos nunca supieron que se trataba de una pirámide cubierta de vegetación, sino creo que también la habrían destruido para hacer una pinche iglesia más. En su lugar, mandaron a construir una en la cima de la “montaña”.


Dentro de la pirámide de Cholula
Después de entender todo y estar dentro de la pirámide casi pierdo el conocimiento de la emoción. Estaba como maravillado. Estaba en modo “WOW”. Estaba dentro de una estructura creada por una civilización hace más de dos mil años, quienes probablemente nunca pensaron que un negrito venezolano iría a verla. Tal vez nunca pensaron en ningún venezolano, pues Venezuela no existía lol

La Gran Pirámide de Cholula o Tlachihualtépetl, nombre original que en náhuatl significa "cerro hecho a mano", es el basamento piramidal más grande del mundo con 400 metros por lado. Es también la pirámide más grande en volumen con cuatro millones quinientos mil metros cúbicos, aunque no en altura; sólo tiene 65 metros de alto. La pirámide no ha podido ser descubierta en su totalidad, solo hay un área reconstruida en el lado poniente del cerro. Para poder estudiar la pirámide y apreciar las distintas etapas constructivas del gran templo, los arqueólogos han excavado más de 8 kilómetros de túneles donde han encontrado información valiosa que los ha ayudado a entender más sobre la historia de los cholultecas.  

Recorrimos sólo un poco más de 200 metros de túneles, pues los demás están cerrados al público, dentro de los túneles se puede ver cómo era la pirámide cuando estuvo en su mayor auge. Al salir del túnel caminamos hacia uno de los lados de la pirámide donde se encuentra una pequeña plaza que me llamó mucho la atención. Al chocar las palmas el eco que se devuelve es un sonido idéntico al de un ave. Al principio no podía creerlo y aplaudí como diez minutos seguidos. Siempre escucha lo mismo, un ave que me respondía a medida que yo aplaudía. No sé cómo los antiguos constructores de la pirámide lograron crear ese efecto tan impresionante, pero debo decir que incluso en la actualidad debe ser un gran reto lograr eso.


En la plaza de as aves
Salimos de la zona arqueológica y caminamos hacia un pequeño mercado a ver si podíamos comer algo. En el camino me encontré con una vendedora ambulante que vendía chapulines con chile y compré una ración para traerla a casa. En el mercado nos comimos una quesadilla de maíz azul. Nunca en mi vida había oído de un maíz azul y disculpen mi ignorancia. Lo cierto es que la quesadilla estaba deliciosa. Ahí terminó nuestra visita a Cholula, estaba más que contento por tener la oportunidad de haber visitado un lugar tan importante, además, como siempre digo, viajar no se trata solo de ir a un lugar y tomarse la foto “pal feij” sino lo que aprendes de ese sitio y definitivamente ese día había aprendido muchas cosas.

Nos despedimos de Lupita, quien se quedó ese día en Cholula, y Lupe y yo partimos de regreso a Puebla. Hoy había terminado un día realmente productivo y el día siguiente nos esperaba otro municipio más.

Atlixco de las flores

Después de nuestra visita a Cholula, al día siguiente, junto a mi bella Guadalupe nos encaminamos a Atlixco. Un municipio ubicado en el estado de Puebla a menos de hora y media de camino. Nos despertamos muy temprano, pues debíamos estar de regreso en Puebla antes de las 5:00 p.m. En Atlixco nos esperaría Alfredo, un amigo de Guadalupe, quien es oriundo de allí. El nombre oficial de la ciudad es Heroica Atlixco y en náhuatl, significa “lugar del valle de agua”. Atlixco es conocido por su buen clima y por la gran actividad florística que lo caracteriza. Es un municipio pequeño, muy ameno y amigable. Casualmente fui en la época del año donde está completamente adornado con motivos navideños, pero lamentablemente nos fuimos antes del anochecer, por lo que no pude apreciar el pueblo iluminado.

Llegamos y nos encontramos con Alfredo y ahí mismo fuimos a hacer algo que yo sé hacer muy bien: comer. Desayunamos en un pequeño restaurante detrás de la iglesia del municipio. Al llegar pedí un taco dorado de pollo, es un taco cuya tortilla es frita y crujiente, por arriba tenía lechuga y queso rallado; para tomar pedí un champurrado de cacahuate ¡Qué cosa más sabrosa! Una bebida de consistencia espesa que se prepara a base de leche, harina de maíz y maní (cacahuate) Además, como quedé con hambre, pedí un tamal canario. Después de comer, fuimos a dar un paseo por la ciudad. Atlixco es pequeño en comparación con Puebla y otros municipios, pero en realidad es bastante grande.


Taco dorado de pollo
Lo mejor que hicimos en Atlixco fue subir a la Ermita de San Miguel de Arcángel que se encuentra en la cima de una montaña desde la cual se ve todo el pueblo. Duramos casi una hora subiendo y la pobre Guadalupe ya casi no podía con su alma, tanto que estuvo a punto de regresarse. Una ermita es una iglesia que abre solamente una vez al año para una celebración específica, de allí su nombre “ermita”, de ermitaño. La vista desde arriba es simplemente impresionante, pues se observa casi en su totalidad el municipio de Atlixco. Era tanta la paz que se respiraba allá arriba que lo que me provocaba era quedarme durmiendo por un rato. Sin embargo, después de 30 minutos allá arriba teníamos que regresar.

La bajada fue mucho más suave y tardamos menos. Una vez abajo, Alfredo nos llevó a un mercado popular a comer. En uno de los puestos del mercado nos comimos un delicioso “pipián verde con pollo”. Este plato se trata de una salsa espesa que se prepara con chiles verdes, semillas de ajonjolí, hojas de perejil, entre otras cosas y se come con un muslo de pollo u otra pieza del pollo. El pipián tiene un sabor bastante condimentado y un tanto picoso, pero la verdad es que vale la pena probarlo ¡Se lo recomiendo!

Al terminar nos despedimos de Alfredo y ya nos tocaba regresarnos a Puebla, pues había quedado encontrarme con mi amigo Luis de Tlaxcala, alias “el pinche mexicano millonario”. Así entonces nos regresamos a Puebla y en el camino nos tomamos una deliciosa agua de coco natural y como cosa rara, después de tomarnos el agua del coco, el vendedor le rompió el “coco a Guadalupe” y le colocó “chilito” una mezcla de chile rojo, con limón y sal que se come con las frutas. ¡Ven que no exagero cuando les digo que pedía agua sin chile!
Vista de Atlixco desde la Ermita
Después nos dirigimos a la central de autobuses de Puebla, me despedí de Guadalupe con un hasta pronto, compré un café y me senté a esperar al pinche Luis para irnos a Tlaxcala, el supuesto pueblo de los traidores. Pero veremos si eso es cierto en otra edición de Tripping a la venezolana.

¡Hasta pronto, pinches lectores! 

A este punto, aún no sé si eso de “pinche” es un insulto o no jajajaja espero que no lo sea.

Abrazos trippinianos

Moisés

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