lunes, 6 de enero de 2014

¡Tiembla México que ya llegué!

Con el tío en Ciudad de México
¡Órale! Para todos aquellos que creyeron que Tripping a la venezolana se había acabado cuando llegué de los Niuyores, pues les tengo muy buenas noticias ¡Aún hay cuentos! Pues tengo unos cuantos lugares en Venezuela para hablar, así como para que mis amigos europeos sientan ganas de venir al Caribe venezolano y echarse un chapuzón en nuestras playas. Además, como algunos sabrán acabo de llegar de welearepear de México y ya hay boleto comprado para Río de Janeiro y parece que también visitaré una bella isla caribeña, así que no se van a aburrir, porque cuentos hay para rato.

Les cuento que como a mí no me gusta viajar y como tengo unos cuentos buenos amigos en México, no pude resistirme a la posibilidad de darme un pequeño paseo welearepa por tierras del guacamole, del taco y del tequila. Todo comenzó hace casi cuatro años cuando fui por primera vez a Gringolandia. Trabajé en Pensilvania en un campamento jodío, perdón, judío. Allí conocí a unos cuates mexicanos de poca madre. Con el tiempo nos hicimos buenos amigos y cada vez que hago un buen amigo le digo: “En unos años te iré a visitar a tu país”.

Así fue. Después de 4 años de habernos conocido, Moisés González se embarcó en un vuelo de Copa Airlines con escala en Bogotá, Colombia para ir a visitar a sus amigos mexicanos. Además, el tío Alberto anda por esos lares jugándose la vida lo que significaba que además de ver a mis amigos mexicanos también me reencontraría con el tío Albedto.


Ciudad de México, capital de la Nueva España, cuna de Imperio Azteca

Salí de Venezuela el 5 de diciembre de 2013 a las 6:00 a.m. lo que significa que tenía que estar a las 3:00 a.m. en el aeropuerto. Esa noche dormí sólo dos horas. Me quedé en casa de María, una amiga de la universidad, en Caracas y de allí me buscó un taxi. Llegué al aeropuerto y todo fácil, sin complicaciones. Hice mi cola para entregar la maleta y hacer el check-in. No hubo mayor eventualidad. Entré a la zona de abordaje y compré unos chocolates, pirulines, torontos, cocosetes y chicles. Una hora después ya estaba abordando mi avión con destino Bogotá, Colombia.  Sería tan sólo una hora y media de vuelo hasta Bogotá, luego esperé dos horas y media en el aeropuerto el Dorado y más tarde me embarqué en un vuelo de 4 horas hasta Ciudad de México. El vuelo fue tranquilo y sin complicaciones. Llegué a Ciudad de México a las 2:20 p.m. 10 minutos antes de lo estipulado. Salgo del avión y había unos cuantos guardias revisando el equipaje de mano y haciendo preguntas. Paso yo, el tipo me pide que abra el bolso y me pregunta: -“¿A qué te dedicas?”- Le respondo: -“Soy traductor e intérprete”-. El tipo entonces me pregunta: -“¿Intérprete de qué tipo de música?”-. ¿Más o menos? Le digo: -“No ese tipo de intérpretes, sino como los intérpretes de conferencia que trabajan en la ONU, los que erróneamente son llamados “traductores simultáneos”-. Igual creo que el tipo no me entendió lo que le explicaba y me dijo: “listo, adelante”. Después de ahí pasé directamente a inmigración y no tuve que hacer nada de cola. Me dejaron pasar sin problema alguno. Busqué mi maleta y salí. Así de fácil. Esperé a Albedto unos 10 minutos, pues habíamos quedado en vernos a las 2:50 p.m.
"Tequis Shore"
Diez minutos después volteo a mi izquierda y veo a un chaparrito, de lentes, caminando a paso rápido. Le grito: “¡Óraleeeee, tío! Era Albedto, ese malagueño del que ya he hablado varias veces. ¡Joder, tío! Hicimos nuestro escándalo respectivo y parecía casi mentira que otra vez después de casi un año nos volvíamos a ver. Salimos del aeropuerto y agarramos un taxi “pirata”, así como le decimos en Venezuela a los taxis no oficiales. Del aeropuerto al trabajo de Alberto pasaron casi 40 minutos. Primero había un poco de tráfico y segundo es que Ciudad de México es INMENSA. Cuando el avión comenzó a descender una hora antes de aterrizar ya veía casas y más casa. Era como si la ciudad no tenía fin. Después más tarde me di cuenta de lo inmensa que es Ciudad de México. La ciudad completa más el área metropolitana suman alrededor de 21 millones de habitantes, lo que la convierte en la tercera aglomeración urbana más grande de mundo, después de Tokio y Nueva York. A su vez, Ciudad de México es también la aglomeración urbana más grande de América y la ciudad hispanohablante más poblada del mundo. Algo que les puedo asegurar es que allá hay gente por coñazo. Sin embargo, Caracas no se queda muy atrás, porque según la ONU, es la quinta ciudad más poblada del continente americano.

Mi impresión cuando llegué a Ciudad de México fue que es inmensa. Más allá estar sumamente poblada, pues es cierto que la ciudad tiene mucha gente, pero también es cierto que es muy grande, por lo que no se nota tanto en comparación con otras ciudades como Nueva York.

Después de salir del aeropuerto y tomar nuestro taxi pirata, Alberto y yo pasamos todo el camino “platicando”. Teníamos ya unos meses sin ponernos al tanto de la vida de cada uno. El D.F. me pareció como una ciudad más de Latinoamérica, pero con gran desarrollo. El taxi nos dejó a unas cuadras del trabajo del tío sobre la avenida Insurgentes. Esta avenida cuenta con una longitud de 28 kilómetros lo que la hace la avenida más grande de México y una de las más grandes de todo el mundo.

"Tequis Shore"
Ese primer día no hice gran cosa, fui hasta el trabajo de Albedto, dejé mis maletas y salí a caminar y conocer la ciudad. Me metí en un Starbucks a welearepear, me conecté a Internet, cambié unos verdes y caminé y caminé. A eso de las 5:30 p.m. Alberto terminó de trabajar y nos fuimos a su casa a dejar las maletas. Desde su trabajo tomamos el MetroBus y algo que me dejó un poco atónico fue que en horas pico hay vagones solo para mujeres y vagones solo para hombres. Según varios mexicanos me dicen que son medidas del gobierno para “proteger a sus mujeres” de tanto loco y sádico que anda suelto en las calles. Sin embargo, personalmente creo que no es una buena opción. Así son todos los gobiernos “bananeros”, invierten en medidas ineficientes en lugar de invertir en educación para por fin terminar de salir del tercermundismo o el inframundo, como muchas veces llamo a la situación actual de mi país.

Después de llegar a la Colonia del Valle, donde vive Alberto, nos esperaba una posada alcohólica. En México en época decembrina se acostumbra a hacer “posadas”, no es nada más que una celebración “religiosa” donde se cantan canciones y se revive el momento en el que María y José pedían posada en su camino hacía Belén. Además de cantos también dan comida y por último tumban una piñata típica mexicana, ésas redondas con 7 picos que simbolizan los 7 pecados capitales. En el caso de la posada en casa de Alberto, no se cantó ninguna canción típica, no hubo comida típica ni mucho menos piñata. Sólo hubo alcohol y más alcohol. ¡Oh cierto! Hubo ponche, una bebida muy típica que se hace hirviendo frutas en agua.
Pasé mi primera noche en la capital del taco y del guacamole entre risas y más risas. Al día siguiente Albedto se fue a trabajar y Moisés se fue a pasear. Según indicaciones de Alberto me fui al Zócalo, una plaza ubicada en el centro de la Ciudad de México. Alberto me dijo claramente: -“No te vayas al norte de la ciudad, mientras más al norte más peligroso es”. Después de vivir en Caracas, sé muy bien que debo prestar atención a ese tipo de advertencias, así que como buen caraqueño paranoico, le hice caso al tío y me mantuve alejado del norte de la ciudad.
Ruinas del Templo Mayor
Antes de ir al Zócalo, fui a desayunar. Caminé cerca del “departamento” del tío (Sí, ya no es “el piso” de Alberto) y encontré una cafetería. Como andaba solo y me daba algo de miedo pedir alguna comida extraña, decidí pedir un omelette de tocino y queso con un café con leche. Primero el mesero me trae mi café (muy malo por cierto) y luego se acerca con un recipiente lleno de chiles verdes, que después supe se llaman rajitas. ¡Ay Dioh mío! (Con acento venezolano incluido) por andar de valiente y por eso de “es que estoy en México y voy a comer picante” me comí dos rajitas de un solo golpe. Además, cuando me traen el recipiente lleno de rajitas, yo pensé que me los tenía que comer todos y pensé que estaba siendo cobarde solo al comerme dos. Pues no fue así, porque vi al diablo, a los hijos de él, a los nietos y a toda su generación. Se me encendieron las orejas y casi que pierdo el habla. Junto con el café con leche me habían traído un vaso de jugo de naranja, pues agarré el vaso y me lo tomé completico, pero nada que se me quitaba la picazón. Se suponía que debía quitarle las semillas al chile antes de comérmelo para que no picara tanto. Duré más de 20 minutos con la lengua encendida y ya hasta me dolía cuando intentaba tomar café. Días después me explicaron que eso se llama “enchilarse” es cuando comes tanto picante que ya no puedes más. Además, dato importante para todos los que en algún momento se les ocurra hartarse de picante es que cuando se “enchilen” deben colocarse sal en la lengua, nada dulce, las cosas dulces más bien hacen que te pique más. Así fue mi primera experiencia con el picante mexicano, aunque después poco a poco me acostumbraría y debo decir que es muy importante dentro de la gastronomía mexicana. A diferencia del picante que solemos comer en Venezuela, el de México tiene sabor, hace que la comida sepa mejor y te vuelves adicto a él. Así como la canción de Shakira “I am addicted to you”, pero en lugar de dedicársela al Piqué, es al picante. Si van a México y son de los que no comen picante como yo, no tengan miedo y coman. Les puedo asegurar que les encantará. Eso sí, para evitar dolores de estómago y por no estar acostumbrado a una dieta tan picosa, me tomaba todos los días en ayuna un omeprazol (protector gástrico) y así podía disfrutar de la comida mexicana en todo su esplendor.
¡Pinches rajitas picosas!
Tomé el Metro y me dirigí al Zócalo. El metro me pareció normal, ni muy complejo ni muy sencillo. Me pareció como cualquier sistema de trenes subterráneos que puedes encontrar en otro país. Eso sí, es muy extenso debido a lo grande de la ciudad. Me bajé en la estación “Zócalo” y al salir de allí me encontré con una plaza enorme y la catedral. En seguida vi una caseta de información turística y fui a pedir un mapa. La chama que me atendió muy guapa y amable, me recomendó ir a las ruinas del Templo Mayor ubicado al lado del Zócalo. Fui lo primero que hice. Llegué en menos de 5 minutos. Hice mi cola y por ESTÚPIDO pagué 57 pesos la entrada ($4,57 aproximadamente). Cuando voy a pagar, el tipo de la casilla me dice -“Los estudiantes no pagan”- y salgo yo y le digo -“¿Pero si soy estudiante internacional?”- el tipo me dijo -“Ah no, pinche pendejo tú te bajas de la mula y pagas completico”-. Sin embargo, un dato muy muy importante para todos los viajeros estudiantes pelabola como yo, es que te calles la boca, muestres tu carné y más nada. En todas las demás atracciones turísticas que fui en México entré gratis. Aunque la entrada no es muy costosa, pero de $5 en $5 se ahorra mucho y eso después sirve para comerte unos buenos tacos.

El Templo Mayor fue el centro simbólico de la gran red tributaria del Imperio Azteca, un lugar en donde se reunían las ofrendas sagradas y depósitos funerarios; un adoratorio a las deidades de la guerra y la lluvia; un símbolo de los logros de los aztecas ante sus enemigos. Su construcción se realizó en siete etapas y alcanzó una altura aproximada de 60 metros. Esto de que se realizó en siete etapas significa que primero hicieron una pirámide pequeña y encima de ésa construyeron la segunda y encima de la segunda, la tercera y así sucesivamente hasta que llegó a una séptima etapa. El imperio Azteca fue el más importante de Mesoamérica y Tenochtitlan (Actualmente Ciudad de México) fue la ciudad más avanzada del continente hasta que llegaron los pinches españoles pendejos y la destruyeron por completo (Sin rencores, mis queridos amigos españoles actuales lol). Después de la conquista de América, los españoles fueron poco a poco apoderándose de las ciudades del nuevo mundo. Tenochtitlan fue una de ellas. Al llegar los españoles y derrotar al imperio Azteca, destruyeron todos sus monumentos y erigieron una nueva ciudad donde antiguamente estuvo la gran capital del imperio Azteca. Pinches españoles que destruyeron el templo mayor y con las rocas hicieron su pinche iglesia que actualmente está torcida ¡Se lo merecen! (Ja, ja, ja, todo eso es en broma)

Al día siguiente nos encaminamos a Tequisquiapan, una ciudad a tres horas del D.F. En Tequisquiapan, Leonardo, un amigo de Alberto, tiene una casa en construcción. Pues para allá nos fuimos a pasar casi dos días completos. No visité nada de la ciudad. Sólo fuimos a comer, comer y comer tacos de carnitas, unos tacos rellenos de carne de cerdo ¡Deliciosos! Me atraganté hasta más no poder. En Tequisquiapan (o “Tequis Shore” como lo llama Albedto) hicimos parrilla, nos bañamos en la “alberca” (piscina) extremadamente fría y nos cansamos de hablar. ¡Oh! Pero no estábamos solos, éramos seis los locos.

¡Qué chula es Puebla!

Guadalupe y yo en Puebla
Tres días después de mi llegada a las tierras del picante me dirigí a Puebla. Tomé un bus desde la TAPO (Terminal de Autobuses de Pasajeros de Oriente) hasta la CAPU (Central de Autobuses de Puebla). Duré dos horas y media de camino y allá me esperaba mi bella Guadalupe, una gran amiga que conocí hace cuatro años en Pensilvania. En el camino hacia Puebla comencé a ver algo que me llamó la atención; una gran cantidad de personas, en diferentes grupos, grandes o pequeños, caminaban en dirección hacía Ciudad de México. Pasé las dos horas y media de trayecto viendo por la ventana y cada 5 minutos veía un grupo de personas caminando, en bicicletas, camiones de carga, autobuses, a pie. Cuando llegué a Puebla me explicaron que se trata de la peregrinación hacia la Basílica de Guadalupe. Como podrán ver, México es un país algo católico y hay quienes caminan hasta más de un mes desde las provincias hacía el D.F., para estar el 12 de diciembre, en el día de la virgen de Guadalupe.

Al llegar a Puebla, Guadalupe me esperaría fuera del terminal. Agarré mi maleta y caminé a la salida. La esperé menos de 10 minutos. Vi que se acercaba un carro y dentro alguien me hacía señas con las manos. Me emocioné sobremanera y arrastré mi maleta hasta su carro, la guardamos en la parte de atrás del "coche", nos montamos y nos abrazamos. Por fin estaba en Puebla. Hace más de 4 años había hecho la promesa de visitarlos y hoy por fin se hacía realidad.

Me encontraba en Heroica Puebla de Zaragoza, capital del estado de Puebla. Una ciudad fundada para los españoles en el nuevo mundo. La ciudad de Puebla de Zaragoza se encuentra al pie del volcán Popocatepetl. ¡Ay Dios mio! ¡Cómo sufrí yo para poder pronunciar ese nombre! Creo que hasta el sol de hoy no sé pronunciarlo correctamente y eso que tengo conocimientos de fonética y fonología. Puebla fue fundada en 1531 y el centro histórico aún conserva mucha arquitectura colonial española.

"Guleando"
Ese día de mi llegada no nos quedamos en Puebla, en su lugar fuimos a San Martín Texmelucan, a casa de los padres de Guadalupe. Queda a tan solo 40 minutos o menos de Puebla. Llegamos después del atardecer y sus padres me recibieron con entusiasmo y gran amabilidad. Aquí comenzó mi gula. A partir de este momento, y por los próximos 20 días, no dejé de comer. Comí de todo y no exagero al decir que comí de todo. Esa primera noche me dieron a comer longaniza, una especie de chorizo (Ya espero que las mentes sucias se pronuncien en esta parte, especialmente los Parras), tacos de tinga, que no es más que tiras de pollo con cebolla, unos chiles picosos llamados chipotles, tortillas y más y más. Comí hasta casi reventar. Siempre tratando de mantener los buenos modales y no mostrar el hambre que paso.

Al día siguiente me esperaba una experiencia mexicana profunda; teníamos que despertarnos a las 4:45 a.m. para ir al Tianguis. Se conoce como Tianguis a una especie de mercado callejero y es muy común en las ciudades mexicanas. Pero este Tianguis es diferente, puesto es el más grande de América en cuanto al número de comerciantes que posee. Cuenta con más de 120 mil “tianguistas” y allí venden hasta a sus madres. Se consigue de todo, desde ropa hasta autos y sabrá Dios que más. Se tiene que ir temprano porque después de las 8:00 a.m. ya no se puede caminar debido a la cantidad impresionante de personas que lo visita. Conseguí unas camisas muy baratas y fue una manera de entender un poco más el día a día de la vida mexicana en las provincias. Al salir del tianguis comí por primera vez los deliciosos chapulines, que no son más que una especie de grillos fritos. Al principio me dio un asco enorme y me negué a probarlos, pero dos minutos después me dije a mí mismo “Déjate de mariqueras muchacho gallo, cómete esa vaina que estás en México”. Así fue, lo tomé con valentía, me lo comí y déjenme decirles algo ¡Me gustaron!

En el camino de regreso a casa de los padres de Guadalupe nos cominos un “buñuelo”, no como los de Venezuela que están hechos a base de yuca molina, estos son como una especie de tortillas delgadas inmensas y crujientes con caramelo y leche condensada por encima.

Chapulines con chile
Más tarde ese mismo día fuimos a visitar la Ex Hacienda de Chautla. Una antigua hacienda de la época colonial que actualmente pertenece al estado de Puebla y es visitada diariamente por cientos de turistas. El lugar es mágico, espacioso y con paisajes únicos. Un lago lleno de patos y un edificio pequeño en el centro de todo donde era la morada del dueño de la hacienda adornan todo el lugar. Definitivamente vale la pena una visita a este sitio. Solo estuvimos unas dos horas y media cuando mucho y caminamos lo suficiente. Incluso uno de los empleados del lugar nos llevó a la periferia de la hacienda donde usualmente los turistas no van para que viéramos la naciente del agua que surte el lago y además, vimos las ruinas de la antigua y tenebrosa cárcel de hombres.

En la tarde nos regresamos a Puebla y llegamos al anochecer. La ciudad estaba completamente iluminada con motivos navideños. Mientras caminábamos por la ciudad vimos muchas personas aglomeradas a los lados de las calles. Cuando preguntamos, se trataba del desfile anual navideño de Coca Cola, puesto que México es uno de los países que más consume productos Coca Cola.

Así transcurrieron mis primeros días en la capital del taco y del guacamole. Y, aún es que quedan unos pueblos mágicos por visitar. Visité una de las pirámides más grande en base del mundo, me cansé de ver ruinas con más de mil y dos mil años de antigüedad, visité Teotihuacán; la ciudad de los dioses y muchas otras cosas más.

Así que para no hacer tan largo el relato, los espero en una próxima edición de Tripping a la venezolana….

Saludos desde tierras del petróleo y la gasolina barata.


Moisés 

Bienvenido a Tripping a la venezolana

¡Puedes seguirme en Facebook y Twitter!.

¡Suscríbete a Trippinng a la venezolana!

Recibe en tu correo las últimas noticias del blog. Sólo ingresa tu correo para suscribirte.