viernes, 6 de diciembre de 2013

¿Y mi maleta?

Welearepeando en el Trump Tower
Ya ha pasado algún tiempo desde la última vez que escribí. Pero como dicen por ahí "lo bueno se hace esperar" ¿O a poco no es cierto, carnales? Si no fuese por las responsabilidades que significa ser “adulto”, y si el dinero creciera en los árboles, por supuesto, pasaría mi vida entera viajando. Incluso creo que si para esta era ya existiese el turismo interplanetario, yo sería uno de los primeros turistas en visitar las maravillas de nuestro universo. Sería algo así como: “Tripping a la venezolana visita la Galaxia Andrómeda y casi se lo traga un agujero negro”. Las ganas de escribir y seguir contándoles de la infinidad de aventuras que tengo en cada viaje jamás disminuyen. Todo lo contrario, aumentan cada día y con cada viaje. Hoy 5 de diciembre del 2013 estoy en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar en Caracas (en realidad en la Guaira), Venezuela rumbo a México. Es que como una vez lo dije, viajar es simplemente adictivo.
Antes de comenzar a hablar sobre México, cosa que aún no es posible, pues no he llegado aún, me gustaría contarle una de esas pequeñas anécdotas que sólo me pasan a mí y a mi amigo el Pato Lucas, así como decimos en Venezuela. Les doy una pista de lo que hablaré: el título del post.
Como algunos sabrán, hace unos meses atrás regresé al imperio mesmo, a ese lugar donde el capitalismo salvaje hace que vaya a los supermercados y consiga lecha e ¡incluso harina pan! Regresé de nuevo a la capital del mundo y trabajé por tres meses en AID FOR AIDS. Quienes han seguido los relatos ya sabrán lo que hago allí. Así que para no aburrirlos me saltaré esa parte de la historia.
Salí una mañana desde Los Teques, mi pueblo natal, hasta el aeropuerto. Mi ti Hécuba y mi tío me llevaron al aeropuerto. Bueno, casi llegaron al aeropuerto, de no haber sido por un motorizado que se estrelló con la parte trasera de la camioneta, lo que hizo que tuviera que agarrar un taxi que me dejó finalmente en el aeropuerto. Además, de mantener a mi tía y tío todo el día “detenidos” en las oficinas de tránsito y quitarles el carro por casi un mes. Una vez superado el episodio del choque, tomé mi avión y me embarqué de nuevo a Nueva York, esa ciudad llena de sueños e ilusiones.
Llegué y esta vez me la quise dar de welearepa y tomé el Long Island Rail Road expreso hasta Manhattan, el cual me llevó en menos de 20 minutos, a diferencia del Subway, que tardaría más de hora y media. Cuando me monto en el tren, se pueden imaginar yo con dos maletas, una grande y otra pequeña (una de ellos era Maleta de los Dolores, quien ya falleció QEPD), más un bolso en la espalda. Estaba más enredado que gallina comiendo chicle, pero hice lo posible por mantener la calma y cargar mis maletas. Cuando me monto en el tren me siento en un puesto de dos y sufro para acomodar la maleta pequeña y cuando voy a acomodar la maleta grande para no molestar se me atraviesa una persona afrodescendiente (Muy afrodescendiente, ya que no se le puede llamar negros) y me forma un peo porque la maleta estaba atravesada. ¡¿Qué coño le pasaba a éste?! Lo vi con una mirada fulminante y el desgraciado se echa a reír, cosa que me dio más rabia. Por fin logré acomodar mis dos bellas maletas y comencé mi viaje hasta Manhattan. En menos de 20 minutos ya estaba en la gran manzana. Tomé mi conexión con el subway y llegué a donde me quedaría por los próximos días.
Shany y su hermano negro
Los días en la gran manzana transcurrieron tranquilos. Como siempre muchos amigos fueron a NYC y me encontré con todos. Andrea, una gran amiga, llegó a la gran manzana para quedarse y salíamos casi todos los días. Algo muy cómico es que Andrea sufre de dislexia lingüística invertida a la máxima potencia. Es en serio, ella tiene muchos problemas para leer en inglés y creo que incluso en español. Cierto día nos encontramos en un parque Uptown Manhattan para explicarle algunas cosas de inglés, puesto que ella está estudiando inglés. En una de esas le digo que me diga qué dice la siguiente frase: “The thief stole a bank” (El ladrón robó un banco) y sale y me dice: “Bueno, ahí dice que Thelvis robó un banco”. Solté la carcajada más grande de mi vida y reí como por dos horas sin parar. Otro día estábamos caminando por Soho en Manhattan y pasamos frente una especie de panadería que vende bagels (Una especie de pan salado parecido a una dona que se come relleno de lo que quieras, se pronuncoa /beigols/) y me dice: “Chamo, en ese sitio venden unos bigels bien sabrosos). Yo me quedó pensando un rato y me digo a mí mismo: “Vergación hermano, será que esa gente es como los chinos en Venezuela que se come a los perros, porque bigel es una raza de perros”. Cuando veo bien la cosa, me doy cuenta que está hablando sobre los bagels. Otra vez reí por horas sin parar. Ahora cada vez que hablamos le mando saludos a Thelvis y le deseo buen provecho y que disfrute de sus bigels.
Esta vez pasé tres meses completos en la capital del mundo. No fui a ninguna otra ciudad, sólo estuve en Nueva York desde que llegué hasta que regresé a mi patria socialista. Como ya he hablado cantidad sobre Nueva York, nos saltaremos también toda esa parte y hablaré sobre mi regreso.
Todo marchaba bien. Salí desde Forest Hills en un taxi hacia el aeropuerto. Shania se despidió de mí una vez más con cara triste. Lizett me dio un fuerte abrazo y no pudo faltar un “hasta pronto”. Días antes había llegado mi amigo Eiron de Colorado y me acompañó con el maletero hasta el aeropuerto. Llegamos sin problema, nos despedimos y comencé a hacer la interminable cola para el control de seguridad. Duré más de 1 hora en esa cola. ¡Y yo que me quejaba de las colas en Venezuela! Entré sin problemas. En el check-in había dejado las dos maletas grandes que traía y sólo andaba con el bolso y mi maleta de mano, donde traía un poco de cosas para toda esa gente que siempre te dice “¿Será que me haces un favorcito chiquitico y me traes algo que pedí por Internet con el cupo de electrónico de CADIVI?” y mandan como 20 cosas jajajaja. Bueno, en el equipaje de mano traía todas esas cosas, puesto que si las meto en la maleta que se factura y va por debajo del avión existe un 99,9% de probabilidades de que no lleguen a su destino.
Abordé mi avión con vuelo directo desde Nueva York a Caracas. Salí a las 5:00 p.m. de la capital del mundo y llegué a las 11 de la noche a Venezuela. Al aeropuerto me fue a buscar un amigo. Además de mi maleta facturada y de mi equipaje de mano, traía una maleta extra llena de medicamentos reciclados para los beneficiarios de AID FOR AIDS Venezuela, puesto a que hay un gran problema con las aduanas desde hace meses y devuelven los paquetes con las medicinas que se les envían desde Nueva York. A mí me tocó la misión salva vida de traer una maleta llena de antirretrovirales con la que muchas personas podrían continuar su tratamiento y poder vivir sanamente como lo han hecho hasta ahora.
En el 9/11 Memorial
Salgo del avión con mi maleta de mano y mi bolso. Paso por inmigración y me dirijo hacía la correa donde salen las maletas. Coloco mi maleta de mano a un lado y busco un carrito para montar las otras dos maletas grandes. A los 10 minutos sale la primera maleta. 5 minutos más tarde sale la otra maleta. Tomo ambas maletas y las coloco en el carrito y me voy. Hago una cola casi interminable para pasar por el SENIAT y 20 minutos después ya estoy saliendo del aeropuerto. Veo hacia los lados y veo a Juan Carlos y su hermano que se acercan. “¡Épale, negrón! ¡Bienvenido a la patria!” Me dice Juan Carlos. “Gracias, chamo. Buena, ya vámonos de aquí. Ayúdame con las maletas. Lleva la grande, tu hermano me ayuda con la otra grande y yo llevo la maleta de mano……….” Me doy cuenta que no tengo la maleta de mano. Entré en pánico. “¿Y mi maleta?” Exclamé. ¡Boté la maleta! ¡La boté! Nada de lo que traía en esa maleta era mío. Todo, absolutamente todo lo que traía eran esas “cositas” que la gente compra con los cupos de CADIVI y me pide el favor de llevárselo. Tenía más de 1,500 dólares en valor en esa maleta. Se pueden imaginar la magnitud del ataque de pánico que me dio. Salí corriendo hacía la parte del SENIAT. Le dije a unos guardias que se me había quedado una maleta y me dejaron pasar enseguida. Llegué a la zona del SENIAT y vi para todos lados. La maleta no estaba allí. Le pregunté a una de las chamas que trabaja allí y me ignoró por completo, dio media vuelta y se fue. Le pregunté a otra y nada. Comencé a halarme los pelos. Estuve a punto de gritar y llorar. Había botado la maleta de mano con todas esas cosas que no eran mías y ahora me tocaría pagar todo, sólo por haber hecho un “favor”. En esa veo que se me acerca un tipo de seguridad y me dice: “¿Qué te pasa, chamo?”. “¡Mi maleta de mano, mi maleta de mano, la boté, la boté!”. Le digo al oficial de seguridad casi llorando. “Cálmate, ¿Dónde crees que la dejaste?” me pregunta. “Creo que fue aquí en esta parte”. Le respondo. “¿No la habrás dejado en las correas de American Airlines. donde salen las maletas?” Me pregunta de nuevo. “No lo sé”. Le respondo. Ya no sabía nada. Estaba confundido y asustado. “Yo vi que la gente de American Airlines se llevó las maletas que sobraron para el módulo de información de AA, pero ya no puedes pasar de este punto para allá, porque ya saliste. Tienes que salir del aeropuerto, bajar dos pisos e ir a la oficina de American Airlines para poder reclamar el equipaje, si es que ellos se lo llevaron”. Creo que mi cara de pánico era tanta que el chamo me dice “¿Sabes qué? Pasa y yo te veo desde aquí porque esos aún tienen las maletas allí y si esperas hasta que bajes a la oficina te van a saquear todo y te van a dejar sin nada”. Casi le doy un beso al tipo y corrí hasta el mostrador. Cuando llego le pregunto a los que estaban allí: “¿No agarraron una maleta negra de mano que creo dejé en la correa de las maletas?”.
La come bigels y yo en el New York Fashion Week
Uno de los chamos me dice: “Sí, allí está”. Me volvió el alma al cuerpo. Pude respirar con normalidad otra vez y todo el miedo comenzó a disiparse. Tomé a mi pequeña maleta y casi la beso. Salí de nuevo y le agradecí al oficial de seguridad que me había ayudado. Salí con una mega sonrisa en la cara y muy calmado. Juan Carlos, su hermano y yo salimos del aeropuerto y nos encaminamos hasta Los Teques. Después lo que hacía era reírme cuando me acordaba del episodio que acababa de pasar. Así que ya saben cuando me digan “¿Me puedes traer algo que compré con el cupo de CADIVI?”. lol
Una vez más después había regresado a casa sano y salvo. Y apenas mes y medio después estoy escribiendo esto montado en un avión camino a México. Así que ya estaré de regreso con alguna locura mía. Espero que no sea una maleta perdida.

Saludos desde el país del gguacamole y de los tacos,


Moisés

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