domingo, 15 de septiembre de 2013

Desde la capital del pollo frito a la capital del petróleo

¡En la Yuma con los asere!
Ya no sé cuándo fue la última vez que escribí, pero debo pedir disculpas por mi ausencia. Los he abandonado por completo. Ya por fin después de tanto esperar he decidido sentarme en la cama junto a mi portátil (¿Portátil? ¿De cuándo acá yo le llamo portátil a la laptop?) y comenzar a escribir una historia más de este emocionante Blog de aventuras. Sé que no hay excusas cuando en realidad se quiere hacer algo y creo que lo digo con la mayor propiedad. Pues fue ese mi caso cuando sin prácticamente un centavo en el bolsillo, decidí dejar Caracas atrás y emprenderme en un viaje sin rumbo, un viaje que me llevó a lugares que jamás creí llegaría. Sin embargo, he de admitir que las responsabilidades y acontecimientos me han alejado un poco de este querido Blog. Pero las aventuras no se acaban, estoy de nuevo en la capital del mundo y ya haciendo planes para seguir viajando. Como lo dije una vez, esto se convirtió en una especie de adicción, una adicción que a diferencia de muchas, me trae aprendizaje y crecimiento.
No hay mal que por bien no venga. Aquí estamos de nuevo y ya es justo y necesario que os cuente de cómo regrese a Venezuela. Pero primero hacer falta contarles un poco sobre mis últimos días en el imperio capitalista y salvaje.
Mi retorno a Venezuela se acercaba. Ya había comprado pasaje de regreso, con una aerolínea que por cierto no se las recomiendo a nadie. Por más baratos y provocativos que parezcan los boletos de Caribbean Airlines ¡No los compren! Todo es un engaño. Lo barato que pagas por el pasaje te lo cobran en el mal servicio, el equipaje extremadamente limitado, en el mal estado de las aeronaves y muchas otras cosas más. El pasaje me salió en 400 dólares y lo mejor fue que pude pagarlo en bolívares y al cambio ofician. Pero vuelvo y repito, lo barato sale caro.
Por otro lado, antes de regresar a la tierra que me vio nacer y crecer, no podía dejar de visitar a unos excelentes amigos cubanos que viven en Kentucky. Sí, así mismo como el famoso restaurante de pollo frito KFC (Kentucky Fried Chicken). Algo muy cómico era que la gente me preguntaba qué carajos iba a hacer yo en Kentucky. “¡Eso es puro monte y culebra!” me comentaron muchos. Incluso un compañero de trabajo es oriundo de ese estado y puso una cara de WTF cuando le dije que iría a Kentucky. –“Allá no hay nada para hacer”- Me decía Zach. –“Allá sino tienes carro, no puedes ir a ninguna parte”. Efectivamente así lo es.
Pero yo tenía ganas de comer pollo frito y nada mejor que irme a hasta la cuna de KFC y welearepear un ratico.
El día anterior a mi vuelo para Kentucky mis compañeros de trabajo me hicieron una pequeña despedida. Algo que jamás me esperaba. Me compraron una ¡Cheescake de queso! Y luego cada uno de ellos me despidió con unas palabras. Recuerdo que Shania lloró tanto que no podía hablar bien español de lo emotiva que estaba. Más tarde en la noche fuimos todos mis compañeros de trabajo y yo a un restaurante donde cenamos y hablamos hasta más no poder.

Salí para Kentucky desde el aeropuerto internacional de Nueva Jersey e hice escala en Carolina del Norte por dos horas y media. Fue un vuelo tranquilo desde Nueva Jersey hasta Carolina del Norte. El aeropuerto era inmenso y duré más de 40 minutos buscando la puerta de embarque de mi próximo vuelo. Llegó la hora de abordar y antes de subir al avión (si es que a eso se le podía llamar avión) me quitaron el equipaje de mano ¡No podía llevar maleta de mano en ese vuelo! No había entendido la razón. Cuando subí a la aeronave todo tuvo sentido. El avión era tan pequeño, pero tan pequeño que no había lugar donde colocar la maleta de mano (una nueva maleta, por cierto. Maleta de los Dolores había fallecido). El vuelo fue tranquilo y duró menos de una hora. En el aeropuerto de Louisville (Kentucky) me esperaban Lisandra y Jorgito, mis dos amigos cubanos. Verlos fue recordar como hace tres años se fueron de Venezuela a jugarse la vida y qué bien que se la jugaron.
Lisi y yo (Cualquier parecido con la realidad es pura
coincidencia) 
Después de abrazarnos eufóricamente, lo siguiente que hicimos en el aeropuerto fue tomarme una foto junto a una estatua del fundador de KFC. Creo que eso fue lo más interesante de toda la ciudad, pues de resto no había mucho qué hacer en realidad.
Louisville es una ciudad pequeña y con poca gente en relación a otras ciudades como Nueva York, Chicago o Caracas. Es más bien algo así como los Teques. En realidad no hay nada que hacer y cuando digo nada, no exagero. Sin embargo, en la nada también hay diversión. Aunque aquí no fui a ninguna discoteca o a alguna fiesta welearepa, mis amigos y sus amigos se encargaron de hacerme pasar una semana diferente. Fuimos al cine y a ¡Aprendí a conducir! Aunque creo que ya se me olvidó todo lo que había aprendido. Admito que jamás en mi vida había tan solo encendido un carro. Cuando intenté encender el carro de mis amigos por primera vez duré casi 5 minutos intentando buscar el mouse del carro, pero de pronto me di cuenta de que no era una computadora. Todo tuvo sentido en este preciso momento.
Fuimos al cine y visitamos varias partes de la ciudad. Incluso un día fuimos a un restaurante junto a Martin y Chichi, un pibe y una mina argentinos (imitar acento argentino aquí). Días más tarde fui con Chichi a dar un paseo por el vecindario y como me había dicho Zach en Nueva York, si no tienes carro no eres nadie en Kentucky. Caminamos a través de una calle cuyas casas estaban adornadas con temas de terror debido a la proximidad de la noche de brujas. Luego fuimos a un parque y a comer. Eso fue todo. En serio, no exagero. Visitar Kentucky fue más compartir con mis amigos cubanos y sus amigos, que salir. Creo que incluso jamás salí a caminar solo por la ciudad. No quiero decir en absoluto que la ciudad es aburrida ni que no hay nada que hacer, pues claro que lo habrá ¡Eso espero! Pero después de tanto welearepismo ya era como hora de tomarme las cosas con soda.
Llegó el día de irme de la capital del pollo frito y regresarme a los Niuyores. Me despedí de mis grandes amigos y de sus amigos argentinos con la esperanza de vernos de nuevo muy pronto. De regreso para Nueva York el vuelo llegó a las 11:30 p.m. llegué de nuevo al Newark y de allí tuve que agarrar un tren hasta la PennStation en Manhattan. Todo fácil hasta los momentos. Una vez hube llegado a la estación se me ocurrió la brillante idea de tomar el LIRR (Long Island Rail Road) un tren expreso que me dejaría en Forest Hills en tan sólo 15 minutos, a diferencia del tren regular que tardaría más de una hora. Eran ya pasadas las 12 de la noche, estaba cansado, con hambre y lo mejor era llegar rápido a casa. Compré mi boleto del LIRR y esperé diez minutos hasta que anunciaran el siguiente tren hacía Forest Hills. No sé qué carajos fue lo que yo escuché, pero tomé el tren que no era y no me di cuenta sino hasta que la señora que pide los boletos dentro del tren me dijo que estaba en el tren equivocado. Ese no era todo el problema, este tren además no se paraba sino hasta mucho después pasado Forest Hills. A pesar de todo no tuve que comprar otro boleto, pues ese mismo me lo validaron para poder montarme en el otro de regreso a Forest Hills. Sin embargo, tuve que esperar una hora hasta que llegara el tren que me tocaba. En resumen, por querer llegar rápido a casa, terminé llegando a las 3:30 a.m. cansado y hambriento.
Sólo me quedaba un día más en la capital del mundo. Mi vuelo de regreso a Venezuela fue a las 12 de la noche con escala en Trinidad y Tobago. ¡Qué aerolínea tan mala! Sólo dejan pasar una maleta de 23kg y una de mano que no pese más de 10kg. La segunda maleta facturada sale en 225 dólares. Obvio que tuve que hacer magia para meter casi un año y medio en tan solo una maleta grande, una pequeña y un bolso de mano. Lo peor de todo es que la maleta de mano no puede pesar más de 10kg. Son tan HP que te pesan la maleta antes de montarte en el avión y si tienes sobre peso te la cobran como segunda maleta y tienes que pagar ¡225 dólares!
La verdad tenía un poco de ansiedad de regresar a Caracas después de más de un año de aventuras y viajes. Me había acostumbrado ya a estar de ciudad en ciudad y la idea de regresar a Caracas y entrar en la monotonía de la universidad – trabajo – casa me produjo un poco de inquietud. Sin embargo, la idea de volver a ver a mi abuela, mi tía, mi hermano, mi sobrina y mis mascotas hicieron que mi ansiedad desapareciera por completo. No es sino hasta cuando estás lejos que comienzas a valorar lo que tienes. Es en ese momento cuando miles de kilómetros te separan de los seres y las cosas que quieres que dices “extraño y amo a mi familia”.
El día que llegué de Kentucky hice algunas últimas compras y luego hice las maletas ¡Qué trauma! Definitivamente odio hacer las maletas. Meter un año y 3 meses en una maleta de 23 kilos y una de mano de 10 kilos fue una ardua tarea. Tuve que dejar miles de cosas, botar ropa vieja y dejar solo lo nuevo, dejar mis libros de dibujos, pesar la maleta y llorar cada vez que tenía que sacar algo. Por suerte, pude dejar varias cosas valiosas y una amiga me las llevó de regreso a Venezuela. Ya las maletas estaban listas y solo me tocaba esperar hasta las 9:00 p.m. para ir al aeropuerto. Llamamos un taxi que me recogió en la puerta de la casa. Ya tenía un nudo en la garganta. Se pueden imaginar cómo estaba Shania. El taxi llegó y Lizett, Shania y Lucy me ayudaron con las maletas. Llegó la hora de decir a aquella familia que había encontrado en Nueva York y que definitivamente iba a extrañarla mucho. Sin ellas nada en este viaje hubiese sido posible. Entre lágrimas nos dijimos hasta pronto y me monté en el taxi hasta el aeropuerto.
Aquí comenzó de nuevo mi fobia aeropuertofóbica. Hice la cola del check-in. Las maletas pesaron lo justo. Pasé por inmigración sin problema alguno. Encontré mi puerta de embarque y esperé afuera hasta que abordamos el avión. Me sentía como en casa, todos eran negritos como yo, pues la aerolínea es de Trinidad y Tobago. Me tocó pasillo y para completar el asiento era horrible, no servía donde se enchufan los audífonos y no se podía reclinar. A mi lado dos señores de la tercera edad, por no decir viejos. El avión despega y al rato las “amables” aeromozas (sientan la ironía) nos ofrecieron comida. Un cuartico de jugo, que estaba caliente por cierto, y un pan con jamón, que estaba frío. Tenía hambre y me lo comí en sólo dos mordiscos. No podía repetir. Intenté ver la película que estaban pasando, pero el conector de los audífonos no servía. Intenté dormir, pero no podía reclinar el asiento. Sin embargo, el cansancio me ganó y me quedé medio dormido. Creo que hasta comencé a cabecear y babear. Al rato alguien me toca la pierna y escucho una voz que dice “excuse me, sir”. Era el señor que estaba en la misma fila que yo, pero del lado de la ventana. Iba al baño. Me paré y le di permiso. Volvió a los cinco minutos. Al rato me estoy quedando dormido y otra vez escucho “excuse me, sir”. Le vuelvo a dar permiso. 15 minutos después, sino menos, me toca de nuevo la pierna y me pide permiso. Así pasaron las cinco horas de vuelo. El viejo ese se paró al baño creo que más de 15 veces. Para la próxima debería llevar un pañal puesto para que no moleste tanto. Lo peor de todo es que le digo que si quiere nos cambiemos de puesto para que el no moleste tanto cuando salga al baño y el viejo se molestó y me dijo que no, que a él le gustaba ir en la ventana. Definitivamente no entiendo a la gente.
Llegue a Trinidad y Tobago y la escala era de tan sólo una hora. No tuve que pasar por inmigración, sólo esperé un rato en una pequeña sala hasta que nos tocó abordar el otro avión, o avioneta diría yo. Era un avión chiquito afuera del aeropuerto y tuvimos que caminar hasta él. Éramos como mucho 15 venezolanos y creo que exagero. Quien nos guiaba hasta el avión era una chama tal vez de Guyana o India, lo que recuerdo era que no entendía absolutamente nada de lo que me decía, pues su acento era tan fuerte, que dude muchas veces si en realidad me hablaba en inglés o en alguna lengua indígena.
¡Sabo manejar!
El vuelo desde Trinidad duró aproximadamente una hora hasta Caracas. Ya cuando el avión se acercaba al aeropuerto pude ver de nuevo el Ávila y las pequeñas casitas que de él cuelgan. Estaba de nuevo en el Caribe. Bajé del avión y caminé hasta inmigración una vez más. Hice mi cola como siempre en la taquilla de venezolanos hasta que me fue mi turno. Mi atendió un chamo “amable”. Ve mi pasaporte, ve lo sellos, lo vuelve a ver y me pregunta: “¿Desde cuándo estás fuera de Venezuela?”. Como que si eso fuese problema de él. Le respondo: “Desde el año pasado”. El tipo insiste y me pregunta de nuevo: “¿Desde cuándo exactamente?”. Supongo que esa preguntadera era para de su rutina de seguridad y no me queda de otra sino responderle: “Desde agosto del año pasado. Estuve fuera 1 año, tres meses y 2 semanas” Me provocó decirle “¿También quieres que te diga las horas y minutos que estuve afuera?”. Pero en su lugar me preguntó: “¿Dónde estabas?”. Casi le digo “en casa de tu mujer”. Pero idiotamente le respondo: “De aquí para allá y de allá para acá. Estuve en varios sitios”. “¿Cuáles?” Sigue el tipo insistiendo. ¡Qué fastidio! No llevo drogas, me puedes revisar. Era lo que me provocaba decirle. Respiro profundo y le digo: “Estuve en Gringolandia en varios sitios, después me fui a la Uropas y visité varios países y luego me regresé a Gringolandia”.
El tipo me ve de arriba abajo y me pone el sello de entrada. Capaz y me negaba la entraba a mi propio país. Salí del área de inmigración y caminé a buscar mi maleta. Salieron todas las maletas de todo el mundo y no salía la mía. Esto es algo que me causa demasiada ansiedad. Nada como que no te llegue la maleta. Me pasó una vez y no quiero que me vuelva a pasar. Mi maleta fue la última en salir y tenía un papel pegado encima con algo escrito a mano ¡Entré en pánico por unos segundos! Pero en realidad solo decía “última maleta”. Tomé a Maleta Pesadilla, quien estaba bien pesado por cierto, y caminé hasta el área de salida. Ya me imaginaba a mi familia afuera esperando por mí. Camino y no veo a nadie. Termino de salir y busco con insistencia a mi alrededor, pero no veo a nadie que conozca. Pasan 10 minutos y nadie viene por mí. No entendía nada. Todas las veces que he llegado de viaje siempre está o mi tía, tío, abuela o hermano esperándome afuera. ¿Por qué no habrán llegado? ¡¿Se les habrá olvidado que llegaba hoy?! ¿O fue que entendieron el día que no era? Una vez cuando regresaba de Perú, me fueron a buscar le día antes. Muy cómico y tuvieron que regresarse a mitad de camino cuando por casualidad llamé a hablar con ellos y le dije que era el día siguiente que me regresaba. Todo era posible. De verdad no entendía por qué no estaban allí. Lo peor de todo es que no tenía cómo llamarlos. No tenía ni un solo bolívar conmigo. Sólo tenía unos cuantos dólares (¡O sea!) No me quedó de otra sino cambiar 10 dólares en el aeropuerto, sacar mi cell, ponerle el sim card venezolano, recargarlo y luego llamar a mi tía a ver dónde estaban. Intenté llamar varias veces a mi tía y no caía la llamada. Ya estaba entrando en un estado de paranoia. Veía hacía los lados y tenía miedo de que me robaran. Intenté llamar a mi hermano y tampoco atendía. Cuando por fin me atendieron, más de media hora después, ya venían en camino. Culpa del tráfico llegaron como una hora tarde.
¡Tengo la mejor abuela de todas!
De pronto vi llegar a mi tía, tío, hermano y sobrina. Mi sobrina corrió a abrazarme con emoción y yo hice lo mismo. Nos abrazamos todos y luego de más de un año estábamos juntos de nuevo.
Emprendimos nuestro viaje desde el aeropuerto hacía Caracas y parecía como si nunca me hubiese ido. Todo está igual. Tuve la sensación de haber cerrado y abierto los ojos y estar en el mismo lugar.
Cuando llegamos a mi casa, estaba mi abuela esperándome ansiosa con una sonrisa gigante. Me abrazo con fuerza. Estaba también mi prima, quien también estaba feliz de verme (eso creo) No podía faltar el gran recibimiento de mi Chiky (que en paz descanse) y Kira, mis dos mascotas. Tanto Chicky como Kira no podía ocultar la emoción que sentía de verme. Saltaba y saltaban, ladraban y corría.
La mejor parte de todas fue el almuerzo de recibimiento que me tenía mi abuela: hallacas, ensalada de gallina y pollo al horno. Parecía que la navidad se había adelantado unos cuantos meses. Me comí con alegría esas hallacas hechas por las manos de la mujer que me crio. Hallacas hechas con amor, creo que ese es el mejor ingrediente de todos.
Fue así como llegué a Venezuela luego de tantos días de aventuras y welearepismo.
Estoy más que claro que nada hubiese sido posible sin todos los amigos que me ayudaron en el camino. Amigos que se hicieron familia. Amigos que se convirtieron en grandes amigos. Lectores que me motivaron a seguir escribiendo. Jamás creí que escribir este blog se convertiría en algo tan importante para mí y mucho menos que tantas personas disfrutaran de mis locuras. Gracias a personas como Santy, alias: directora de relaciones de Tripping a la venezolana, quien ha compartido el blog en las redes sociales sin cesar y logrado miles de visitas cada mes. Gracias a esos lectores como Elvira (La Frivo) Mariano, Asly, María Alejandra, Johan, María Izquierdo, mi tía Hécuba y muchos más que jamás se pierden nada de lo que escribo. Gracias a todos por confiar en mí. Y, lo mejor de todo es que esto es apenas el comienzo…

Nos vemos en una próxima edición…

Saludos desde los Niuyores.

Moisés

Bienvenido a Tripping a la venezolana

¡Puedes seguirme en Facebook y Twitter!.

¡Suscríbete a Trippinng a la venezolana!

Recibe en tu correo las últimas noticias del blog. Sólo ingresa tu correo para suscribirte.