martes, 11 de junio de 2013

¡Chí cago en clase welearepa!

Con la "caraota" de fondo
Imagínense viajar a Chicago en primera clase y prácticamente gratis. Definitivamente la suerte estaba de mi lado y precisamente tuve la oportunidad única e irrepetible de viajar en primera clase desde Nueva York a Chicago y prácticamente gratis. Digo prácticamente porque en realidad no fue gratis del todo. Todo comenzó con el boleto de avión que compré cuando salí de Venezuela. Por miedo a tener problemas en inmigración al entrar en Estados Unidos, compré un pasaje de ida y vuelta. Yo había planeado regresar a Venezuela mínimo después de agosto, pero lo máximo que podía colocar en el pasaje de regreso era el 2 de agosto. Mi viaje me fue llevando de lugar en lugar y los días y meses siguieron pasando y al final decidí regresar a mi país los últimos días de octubre. Todo esto significaba que debía utilizar mi pasaje de regreso a Venezuela antes del 2 de agosto. No podía irme a Venezuela y luego regresar a Nueva York, no tenían tanto dinero para comprar un pasaje de regreso a NYC. Así que decidí llamar a la aerolínea para ver que podía solucionar. Me pongo en contacto con un agente de American Airlines y le explico mi situación. Me pone mil peros para cambiar el pasaje y decido cortar la llamada e intento llamar de nuevo para ver si tengo más suerte y me atiende alguien más amable. En efecto, esta vez me atiende una persona un poco más “amable”. Le explico lo que me pasa y me dice que puedo cambiar el crédito de mi pasaje por un vuelo dentro del país ¡Bingo! Enseguida pienso en Miami, playita y sol. La agente de American Airlines me dice que el equivalente de lo que me queda del pasaje es de 850 dólares (El pasaje de ida y vuelta desde Venezuela hasta Gringolandia me había costado más de 1500 dólares al cambio oficial) con esos 850 dólares seguro me podía ir a Miami ida y vuelta y aún quedaba crédito disponible.
Pero resulta y acontece que no podía hacer eso. No podía cambiarlo por un pasaje de ida y vuelta ya que ese crédito de 850 dólares era de un pasaje de solo ida. Parece completamente ilógico, pero no hubo manera de usar ese dinero en un pasaje de ida y vuelta. Además, tampoco podía cambiarlo por un pasaje que costara menos del 70% del crédito que tenía disponible. La tipa me puso mil millones de trabas y a cada rato me repetía que era mejor que usara ese pasaje para regresar a Venezuela y que pagara la multa de 250 dólares por cambio de fecha ¡Sí, claro! Ella pensaba que yo era gafo o como que no conoce muy bien la viveza del venezolano. Era obvio que yo no podía usar ese pasaje para Venezuela y tampoco les iba a regalar 850 dólares. Me había sudado la parte trasera de mi cuerpo (Espero que algunos entiendan el chiste) para comprar ese pasaje en 1500 dólares. Además, todo venezolano sabe que no es fácil reunir 1500 dólares aquí. Así que no me di por vencido e hice a la tipa buscar miles y miles de pasajes para cualquier destino en Estados Unidos, incluso para Hawái. Lo malo era que yo me tendría que pagar el boleto de regreso a NYC y si me lanzaba a Hawái o a Los Ángeles tendría que pagar mínimo un pasaje de 500 dólares sólo de regreso y definitivamente, después de haberme gastado unos “realitos” en el 230 de las 5ta avenida, lo que me quedaba era ahorrar y no gastar más dinero.
Chicago Theater
Mientras hablaba con la agente de American Airlines también buscaba pasajes desde diferentes destinos hacia Nueva York que me salieran baratos. En una de esas veo que de Chicago a Nueva York me salía solamente en 120 dólares. Le pregunto a la tipa por un pasaje desde Nueva York hasta Chicago y me dice que lamentablemente el costo de un boleto así no alcanza el 70% de mi crédito y por lo tanto no es posible ¡Coño! Ya no sabía qué hacer. Pero como venezolano al fin, se me prende el bombillo y le digo: -“Mira, chama ¿Y en cuánto me sale entonces un pasaje en primera clase a Chicago en esa misma fecha?”-. La chama me responde: -“Bueno, señor su crédito alcanzaría para un pasaje en primera clase a Chicago, pero lamentablemente su boleto original es en clase económica, es decir clase pelabolas, lo que significa que no es posible”-.
¡Ay Dios mío! Pobre chama ella no sabía con quién coño estaba hablando. Se me salió el tuki y toda la tierra que llevo dentro y le digo: -“Mira, chica ¿Tú crees que yo soy estúpido o qué?”- (Abstenerse de opinar quienes leen esto, por favor) –“Me estás poniendo miles de trabas para que al final me obstine y les regale los 850 dólares. Yo no sé cómo carajos vas a hacer, pero me consigues un pasaje a como dé lugar y para dónde yo diga. Ustedes no dicen siempre que “el cliente es el que tiene la razón”. Bueno, escucho soluciones ya me obstiné”. La pobre chama comenzó a gaguear y ya no sabía que responderme. Me dice: -“No se altere, señor, ya encontraremos una solución a su caso, pero tiene que tener paciencia”. ¿Paciencia? Ya llevaba como dos horas, y no exagero, hablando con ella. –“Mira, chica, tú sabes cómo es la cosa, yo tengo miles de otras cosas que hacer y tú me estás haciendo perder el tiempo y no me quieres encontrar una solución. Yo no voy a usar el pasaje para Venezuela, así que no me sigas repitiendo eso. Quiero usar el pasaje dentro de Estados Unidos, así que según todas las excusas que me has dicho, lo mejor es usarlo para Chicago y en ¡PRIMERA CLASE!”-. “Señor, ya le expliqué que eso no es posible”. Esa fue la gota que derramó el vaso, simplemente ya no podía aguantar más y le digo: -“¿Me puedes decir tu nombre, por favor?”-. A estas alturas no recuerdo cuál fue el nombre que me dio, supongamos que se llamaba Petra. –“¡Mira, Petra o me consiguen mi pasaje para Chicago o los DENUNCIO! Así de fácil”. Esa fue la palabra mágica que resolvió todo el conflicto. La chama al parecer ya no sabía qué hacer y me transfirió al gerente oficial del departamento de ventas. Duré como dos minutos esperando para hablar con el otro tipo, supongo que en esos dos minutos la chama le estaba contando el chisme al otro. Cuando el tipo me atiende como que ya sabía más o menos de qué se trababa la vaina y me dice: -“Mi compañera me explicó un poco sobre su situación, señor, pero…”. Le interrumpo: -“Mira chico, ya estoy harto de tantos peros, tengo más de dos horas hablando con ustedes y no me resuelven nada. Díganme de una vez si me van a cambiar el pasaje o sino meto una demanda. Ustedes no pueden jugar con mi dinero como si se tratara del papel toilette de su casa”. Todo esto lo decía ya con un tono de voz alzado. El chamo intenta calmarme y me dice: -“Señor, vamos a calmarnos, disculpe las molestias ocasionadas, la chica anterior no maneja muy bien todo el sistema (típica excusa), no se preocupe, sí es posible cambiar su boleto por uno para Chicago en primera clase. ¡Por fin! ¡Bingo!
The Cloud Gate
Pues así fue. Después de batallar con esa gente me cambiaron mi pasaje y me dieron uno en clase welearepa. Y fue así como comenzó esta nueva aventura. El contraste de viajar en primera clase y llegar a Chicago y luego quedarme en un hostal baratucho con 5 personas más sería algo cómico. Algo muy importante que deben saber cuando estén en Gringolandia es que la palabra “demanda” los asusta. Úsenla moderadamente y en casos de emergencia ¡Jajajaja! Aparentemente allá las demandas sí salen y con mayor rapidez por lo que las empresas y compañías le temen.
Me fui a Chicago un viernes bien temprano y regresé el domingo por la noche. El vuelo salía a las 7:00 a.m. lo que significaba que tenía que estar en el aeropuerto cuando mucho a las 5:30 a.m. Mi vuelo salió del aeropuerto de LaGuardia, no del JFK. LaGuardia está también en Queens, pero llegar hasta él es un poco complicado pues no hay un tren que te lleve directamente. Lo que hice fue despertarme bien temprano, ya tenía lista mi maleta, salí con mucho cuidado sin despertar a Lizett o Shany y agarré un tren hasta la estación Jackson Heighs, desde allí tome un autobús con dirección al aeropuerto LaGuardia y a las 5:45 a.m. ya estaba buscando el mostrador de American Airlines. Cuando llego veo la TREMENDA cola que había que hacer para registrarse. Pero yo no tenía que hacer esa cola, pues me iba en clase welearepa y se supone que el trato era diferente y nada de colas. Veo que al lado del mostrador de American Airlines está una sección para los pasajeros de primera clase. Camino hasta allá y estaba prácticamente vacío. Saco mi pasaporte y me acerco a la tipa que está atendiendo y le digo: -“Buenos días ¿Aquí se hace el check-in de American Airlines?”-. La tipa me responde: -“Aquí es el de pasajeros de primera clase, el de clase económica es allá”-. Y apunta con el dedo hacia la gran cola. La tipa de vaina voltea a verme. Claro seguro me vio cara de pobre y no se imaginó que yo había peleado por mi pasaje en primera clase. Le coloco mi pasaporte y la hoja con la reserva en el mostrador y la tipa en cuestión de segundos cambió la cara y la amabilidad le brotó desde donde no la tenía ¡Pura hipocresía! Ahora comenzó a tratarme de “señor” y con una sonrisa de oreja a oreja. –“aquí tiene su tarjeta de embarque, espero que disfrute mucho su estadía en Chicago, esperamos tenerlo de vuelta, gracias por elegir American Airlines, y blah blah blah…” Toda esa amabilidad barata y fingida solo porque creyó que yo estaba podrido de dinero y viajaba en clase welearepa porque no tenía donde gastarme los reales.
Tomé mis documentos y me fui a la zona de seguridad. Cuando me acerco veo la madre de las colas y tan solo faltaban menos de 40 minutos para abordar mi avión. Con ínfulas de muchacho rico me acerco hasta una oficial y le digo que yo me voy por primera clase y que por donde debía pasar. La tipa de vaina no se ríe en mi cara y me muestra otra cola donde estaban los de “primera clase”. No sé si es que la gente tenía mucho real y todos se iban por primera clase o no sé qué, lo cierto es que la cola era larguísima y la de clase económica era tres veces más. Allí duré casi los 40 minutos que me separaban de mi vuelo. Estuve a punto de entrar en una crisis de desespero de tan sólo imaginar perder el vuelo y tener que pasar por la misma situación que pasé en Barcelona. Gracias a Dios, pasé por la zona de seguridad justo a tiempo y la primera puerta era mi puerta de embarque. Además, también hubo un pequeño retraso y el vuelo salió 15 minutos más tarde.
Entré al avión y me senté en la primera fila. Ventanilla. No vi gran diferencia. Los asientos eran un poco más grande y en lugar de tres por fila, había dos. Se sentó a mi lado un tipo con corbata y cara de multimillonario, por lo menos él sí lo aparentaba. Aunque a estas alturas quien quita si el tipo también se haya peleado con American Airlines y le dieron su pasaje en primera clase.
The Willis Tower (El edificio más alto
de los Estados Unidos
La aeromoza que me atendió me daba hasta miedo. Parecía una muñeca de porcelana con una sonrisa interminable. Era algo así como una película de terror donde obligan a la tipa a reírse todo el tiempo. Antes de despegar, la aeromoza se me acerca y me pregunta si quiero algo de tomar. Me provocaba pedirle una copa de vino tinto, pero a las 7:00 a.m. no me iba a caer muy bien. En su defecto le pedí un vaso de jugo de naranja. Una vez hubo despegado el avión, la aeromoza se acercó de nuevo para ofrecerme el menú de desayuno. Elegí una ensalada de frutas, unas panquecas y un omellete con su respectivo café con leche. Nada del otro mundo. Me dieron exactamente la misma vaina que le dieron a los de clase pelabolas, sólo que a mí me sirvieron en un plato de porcelana, una taza toda welearepa y me dieron una servilleta de seda. Fue el desayuno más caro que me he comido hasta hoy. No creo que en ese desayuno estén justificado los 850 dólares que en realidad costó ese vuelo.
El tiempo de vuelo fueron solo hora y 45 minutos. Intenté tomarme todo y repetí el desayuno tantas veces como pude para justificar el precio. No me quiero imaginar lo que pensó la aeromoza de mí.
Ya mi avión tocaba suelo chicaguense. Salí del aeropuerto y caminé hasta la estación del tren de la ciudad. Al igual como en NYC, el tren llega hasta el aeropuerto, lo que hace el trayecto hasta la ciudad más cómodo. Antes de entrar al tren compré una tarjeta que era válida por tres días y costó solo 30 dólares. Lo mejor era que podía usarla en trenes y autobuses en toda la ciudad. Solo cargaba un bolso, no llevé maletas. Había aprendido lo suficiente en Europa y ya sabía que era mejor viajar con un bolso pequeño y cargar únicamente lo necesario.
Llegué al centro de la ciudad en menos de 40 minutos y comencé a caminar sin rumbo. Haría el registro en el hostal pasadas las 6:00 p.m. y de resto pasaría el día caminando.
Alguien en Nueva York me había dicho que Chicago era como la “pequeña Nueva York” ¡Pues esa persona estaba muy equivocada! De pequeña no tiene nada. Chicago es una ciudad inmensa. Tan sólo para que tengan una idea, la ciudad tiene más de 77 barrios. Es tan inmensa como lo es Nueva York y a primera vista me enamoró. Tanto que ahora no sé cuál de las dos ciudades me gusta más: ¿Chicago o Nueva York?
Chicago es la tercera ciudad estadounidense más poblada y es conocida coloquialmente como the windy city (La ciudad del viento). Esto último es debido a que es una ciudad con mucho viento e inviernos muy fríos. Chicago se encuentra dentro del estado de Illinois a lo largo de la costa del lago Michigan, uno de los grandes lagos de América del norte y el único lago, por cierto, que está completamente dentro del territorio estadounidense, el resto son compartidos con Canadá.
La ciudad cuenta con una población de 2.650.000 habitantes y tiene el segundo sistema de trenes más grande de los Estados Unidos, el primero es el de Nuevo York, el famoso subway. El sistema de trenes cubre la ciudad entera y el tren tiene más áreas que van por encima de las calles en una especie de autopistas solo para los trenes, que por debajo de la tierra como es el caso de Nueva York.
Con Nancy en la Willis Tower
Cuando estaba en Chicago y como era de esperar actualicé mi estado en Facebook con una foto recién tomada que decía: “Chicageando”. Uno de los comentarios de la foto era de una vieja amiga mexicana a quien había conocido cuando trabajé en Pensilvania en el 2009. Ella vive en un pueblo muy cerca de Chicago e hizo todo lo posible por ir el día siguiente a Chicago y así reencontrarnos después de unos cuantos años. Así fue, el primer día lo pasé caminando y tomando fotos de todos los magníficos edificios que adornan la ciudad. Visité una de las esculturas más famosas de la ciudad: The Cloud Gate, conocida también como The Bean, La caraota o en otros países la habichuela negra, esto debido a su forma muy parecida a una caraota (Sí, así le decimos en Venezuela a las “habichuelas negras” ¿Algún problema?). Esta enorme escultura se encuentran en el medio de la plaza AT&T del Millenium Park y es algo reciente, del año 2006. Fue hecha por el artista indobritánico Anish Kapoor. Es una estructura elaborada con placas de acero inoxidable pegadas una al lado de la otra y pulidas de manera que no se ve ninguna costura y parece que fuese una sola pieza. La inspiración de esta obra de arte fue el mercurio líquido, da la impresión de ser una gran bola de mercurio líquido en el medio de la plaza.
A eso de las 5:00 p.m. y después de caminar por la ciudad me fui al hostal. No fue muy barato que se diga, el hostal me salió en 45 dólares la noche. Estuve sólo dos noches. Lo buena era que incluía desayuno. Por falta de dinero reservé una habitación compartida con cinco personas más. Mis compañeros de habitación eran un alemán, un irlandés, un uruguayo y dos ucranianos. Todos amables y al igual que yo estaban de visita en la ciudad.
Al día siguiente y como ya lo mencioné me encontré con Nacy, mi amiga mexicana. Nos encontramos en la planta baja de la Willis Tower, el edificio más alto de Los Estados Unidos. Definitivamente ese fue el año de los reencuentros. Nos dimos un abrazo efusivo y en enseguida me transporté al 2009 cuando nos conocimos en un campamento judío en Pensilvania. Hablamos de los hechos más recientes de nuestras vidas, de sus planes de boda, que por cierto ya se casó, de mis planes a futuro y demás cosas. Nancy llegó con varios amigos y juntos formamos un pequeño grupo de turistas. El primer destino fue subir hasta la cima de la Torre Willis. La mayoría de las personas la conoce como la Torre Sears, pero desde el año 2003 pasó a llamarse Torre Willis. Tiene 442 metros de altura y es el tercer rascacielos más alto del mundo, después de la torre CN en Canadá y la Burj Khalifa en Dubái. Pensándolo bien, debería darme un paseíto por estos dos últimos países.
En el piso 103 de la torre se encuentra el Skydeck un observatorio desde donde se puede ver la ciudad entera. Se pueden imaginar lo que es ver todo Chicago desde allá arriba. El edificio tiene una especie de balcón completamente de vidrio donde uno se para y se tiene la sensación de estar parado sobre nada. Da mucho vértigo. Si le temes a las alturas no les recomiendo pararse sobre este balcón.
Debajo de mí: Chicago
Después de visitar el rascacielos más alto de los Estados Unidos el hambre nos llamaba a la puerta y era necesario encontrar un buen sitio para comer. Por sugerencia de uno de los amigos de Nancy, fuimos a comer a un restaurante muy popular llamado Dick’s. Es un restaurante temático, donde lo que llama la atención es el trato de los meseros con los comensales. Éramos un grupo de 6 personas. Llegamos al restaurante y pedimos una mesa. Nos sentamos y aquí fue donde comenzó la diversión. El mesero se acerca con mala cara y nos dice casi gritando qué queremos comer. Me asombró la actitud del mesero, pues yo aún no sabía de qué se trataba el restaurante. La idea de Dick’s es tratar mal y a la vez graciosamente a sus clientes. Es para morirse de la risa. El mesero se pone a pelear con los clientes y le entrega las cosas de mala gana, pero uno jamás se molesta, más bien da risa las cosas que hacen. Lo más cómico de todo es que de pronto llega el mismo mesero con un gorro hecho de papel y una frase escrita con algo ridículo y te lo pone en la cabeza y tienes que dejártelo puesto mientras estés en el restaurante. Uno de los mensajes del gorro de una de las amigas de Nancy decía: “I don’t have chicken pox, these are my boobs” (No tengo varicela, son sólo mis senos). El de Nancy decía: “The Department of Health closed my legs” (El departamento de salud cerró mis piernas) y el mío decía: “Angry Inch” (O sea, que lo tengo chiquito).
Pasamos un rato extraordinario en ese peculiar restaurante y lo mejor de todo es que no es costoso. Los precios son como en cualquier otro restaurante y un plato regular sale cuando mucho en 15 o 20 dólares por persona. Si van a Chicago no pueden dejar de ir a este sitio si quieren pasar un rato divertido y fuera de lo común.
Otro lugar que no deben dejar de visitar en Chicago es el Navy Pier. Es un puerto grandísimo que tiene un pequeño parque de diversiones. Está en toda la costa del lago Michigan y se puede llegar caminando desde el centro de la ciudad. Eso sí, deben caminar como una hora. Pero cuando uno anda “encompinchao” así como decimos en Venezuela, todo es mejor. En el Navy Pier pueden apreciar la costa del lago Michigan y ver diferentes actividades que siempre hacen allí. Lo mejor de todo fue que desde allí pueden tomar un watertaxi (taxi acuático) que los lleva hasta el centro de la ciudad. Les recomiendo algo, tienen que tomarlo cuando ya esté oscureciendo. El taxi se va por el río que atraviesa la ciudad y pueden ver todos los rascacielos iluminados. El paseo vale mucho la pena y es una de las cosas más baratas y agradables que pueden hacer. Son sólo 8 dólares.
Terminé de pasar el día con Nancy y sus amigos y tomamos miles y miles de fotos. Mi visita a Chicago fue una visita para caminar, aparte que ya no tenía mucho dinero. Me encantó caminar y conocer la ciudad. Los días que fui hacía mucho calor, pero eso no fue impedimento en absoluto para caminar y perderme entre tantos rascacielos.
Al llegar la noche Nancy y sus amigos se tuvieron que regresar a su casa. Nos despedimos con la esperanza de volver a encontrarnos algún día. Así casualmente como nos habíamos encontrado en la ciudad del viento.
No sé cómo me lo vieron
Por mi parte, me quedaba una noche más y tenía pensado ir a un bar cerca del hostal donde me estaba quedando. Llegué a la habitación, tomé un baño y me senté un rato a revisar mi Facebook. La habitación donde estaba era una con literas y a mí me había tocado la parte superior de una de las literas. Estaba acostado y entra el uruguayo (A estas alturas yo aún no sabía que él era uruguayo, pensaba que era gringo) más atrás entran dos chamas. El uruguayo se fue a bañar aparentemente y las chamas se quedan en la habitación hablando con uno de los ucranianos. De pronto comienzan a hablar en español y se ponen a hablar del alemán y del irlandés. Comenzaron a “planear” cómo chulearse a los dos chamos en la noche. Cada una tenía pensado seducir a uno de los chamos para sacarles dinero en tragos y bebidas en el bar. Lo cómico del asunto es que una de las chamas de pronto se queda callada y le dice a la otra: -“Aquí nadie habla español ¿Verdad?”-. La otra se calla también y responde: -“Creo que no”-. Disimuladamente comienza a ver a todos en el cuarto, me ve y creo que pensaron que yo era de la india, porque una de ellas dijo: -“ninguno tiene cara de latino”-. Me reí para mis adentros. En esa llegó el alemán, que estaba en el baño y se pone a hablar conmigo en alemán y ellas seguían hablando en español. No sé por qué salió el tema de las nacionalidades y el alemán comienza a decirle a las chamas de donde era cada uno de los que estábamos en la habitación. Cuando les dice que yo soy venezolano, las dos chamas pegan un grito y dicen: -“¡No puede ser!”-. Yo no hice nada más que reírme. –“¿Entendiste todo lo que hablamos nosotras?”- pregunta una de ellas. Asiento con la cabeza. –“No les diga nada, por favor. Si quieres te vas con nosotras y te brindamos alguna bebida cada una, pero por favor, no les digas nada”. Me reí un rato y les prometí que no les diría nada.

Cada vez que me escuchaban hablando en alemán con el chamo me preguntaban qué le estaba diciendo. Fue cómico y al final me gané dos copas de vino gratis por mantener el secreto.
Desde el Navy Pier
Estuvimos en un bar cercano como hasta las 2:00 a.m. y luego me regresé, pues al día siguiente a las 10:00 a.m. tenía mi vuelo de regreso a Nueva York.
Me desperté a las 7:00 a.m. bajé a desayunar y a las 8:00 a.m. ya estaba de camino al aeropuerto. Dos horas y media más tarde ya estaba de regreso en la capital del mundo y aún faltaban Washington DC y Kentucky por visitar.

Hasta muy pronto,

Moisés 

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