viernes, 10 de mayo de 2013

¡Pana, Nueva York welearepa!

Vlado y Shany en Queens
Definitivamente conocer personas en todo el mundo es genial, pero aún mejor que eso es tener amigos de verdad. En lo personal creo que nada se compara a lo excepcional que significa tener amigos, panas y casi hermanos en todos lados del mundo. Sin ellos nada tiene sentido y visitar un país sería como ver un simple documental en televisión. Aunque suene cursi y más allá de sonar poco modesto, puedo decir que tengo los mejores amigos de todos. Desde que viajé por primera vez fuera de Venezuela, cuando sólo tenía 18 años, supe lo significaba tener amistades en otros países. No solo por eso de tener dónde quedarte cuando viajes, sino que gracias al hecho de compartir con amigos de otras nacionalidades tienes la oportunidad de conocer y aprender sobre su cultura, sus creencias y su manera de ver el mundo. Por otro lado, tener amigos en países donde se hablen idiomas diferentes es una experiencia lingüística inigualable.
En esta oportunidad, gracias a los lazos de amistad con muchos amigos esparcidos en distintos países, fue que osé “lanzarme a este viaje”. Fueron muy pocos los lugares a los que fui y no tenía ningún amigo. Pero lo mejor de todo fue que donde no los tenía, pues los hacía. No sólo estoy agradecido con todos mis amigos internacionales, por así decirlo, sino con el universo entero por colocarme en el camino a tan grandiosas personas.

Hace poco Asly, una amiga venezolana, me pidió escribir un post sobre cómo hacer amigos en todas partes del mundo, pues ella también quiere salir a conocer el mundo y tener dónde quedarse. Después de tanto reflexionar sobre esa pregunta, creo que llegué a la conclusión de que no hay una fórmula. A todos los he conocido en circunstancias diferentes y debo decir que tampoco es que le he caído bien a todo el mundo, hay quienes no me quieren en absoluto. Sin embargo, creo que mi personalidad tiene algo que ver con todo. Tal vez puede ser por escandaloso, extrovertido, welearepa, chalequeador y sincero.
Alberto y yo
Si es por dar algún consejo de cómo hacer amigos, podría decir que la mayoría de los que visité durante este largo viaje los conocí en Gringolandia, a excepción de Csilla, mi amiga rumana. Todo comenzó hace un par de años atrás cuando visité el imperio mesmo por primera vez y fui a trabajar en un campamento judío en Pensilvania. Los requisitos para trabajar en ese campamento fueron: querer calarse a judíos ortodoxos locos y compulsivos, saber inglés (muy importante) y tener tiempo disponible en verano. Así que por los momentos tenemos: Judíos locos + saber inglés + tiempo disponible. Jamás me imaginé que iba a conocer a personas tan geniales allá. Antes de ir a Pensilvania fui a Nueva York. En Nueva York, gracias a mi labor de más de ocho años con AID FOR AIDS en Venezuela y Latinoamérica, conocía a Jesús, el fundador de AID FOR AIDS. Gracias a él conocí a mi hermana perdida Lizett (o madre, según qué tan joven quieran verla). Entonces conocí a mi hermanita gringa Shania. Podríamos decir que fue algo así como ¡Bingo! Ya tengo dónde quedarme en Nueva York. Pero la verdad, no se trata sólo de eso, porque de quedarme en Nueva York es lo de menos. Lo importante es la afinidad y el cariño que nace que permite que surja algo mayor que una simple visita. En Pensilvania conocí a Leah, mi amiga londinense. Enseguida supe que seríamos buenos amigos, pues ella no era esa típica británica alcohólica y frívola. Sino todo lo contrario, parecía más bien una latina con cara de británica. También conocí a Adrienn, mi amiga húngara. Al igual que Leah, ella parece ser una excepción a la regla. Adrienn es de Europa del Este y debo decir que la gente de esos lares tiene fama de ser serios, fríos e inexpresivos. Pero ella no lo era. En el mismo campamento conocí a Vlado, mi amigo de más de tres metros de altura que vive en Nitra, aquella ciudad donde me volví un alcohólico. Vlado es un payaso por naturaleza y se pueden imaginar que enseguida me cayó bien. También conocí a Alberto ¡Joder! Casi me olvidaba de Albedto. Con Alberto sucedió algo diferente, pues cuando supe que era español dije “¡Coño, otro españolete más!” Luego me di cuenta que era un “españolete diferente” y hasta aspiraba algunas letras cuando hablaba. Algo curioso es que cada vez que conozco una persona de otro país siempre le digo “un día de estos te voy a visitar”. Es algo que ya digo como automáticamente. Pero lo curioso es que poco a poco he estado cumpliendo mi promesa y espero poder seguir haciéndolo.
Ahora es que me faltan países por recorrer y muchos amigos por visitar. México, Israel, Francia, La India (mi país de natal ¡Sólo es broma!)
En definitiva, sin amigos no hay viaje, por lo menos desde mi experiencia y punto de vista. Tampoco hay una fórmula para hacer amigos, ellos sólo llegan cuando los necesitas.
230 5th Avenue: en la cima del mundo
En la terraza del Hotel Penísula
De regreso en los Niuyores comenzaron a llegar amigos y amigos. Prácticamente durante todo el verano llegaron amigos a toda hora y con todos salía. Cuando estaba en Málaga, Alberto me había dicho que cuando estuviese en Nueva York quería visitar un rooftop, uno de esos típicos bares neoyorquinos que están en la terraza de los rascacielos. Me encargué de organizar una pequeña salida a alguno de estos bares en las fechas donde Alberto estuviese en Nueva York. Así fue, Alberto regreso a Pensilvania y yo estaba en los Niuyores, cierto fin de semana organizamos todo para que Alberto fuese a Nueva York y pasará un fin de semana en la ciudad. Alberto llegó de Pensilvania un jueves por la noche. Imposible olvidar ese día, pues pasé más de tres horas esperándolo en una estación del subway y nunca llegó. Habíamos cuadrado para que una vez él llegara a Nueva York, en el mismo terminal donde el autobús lo dejara, debía agarrar la línea E del subway y yo lo esperaría en la estación Jackson Heights. Pues esperé y esperé y esperé, pero Alberto nunca llegó. Intenté mantener la calma y pensar que tal vez había tenido un leve retraso de Pensilvania a Nueva York, pero después de más de dos horas comencé a preocuparme. Ya eran más de las 11 de la noche y Alberto no llegaba. Yo sabía que no estaba en Caracas, pero aun así la paranoia me invadió. No tenía manera en absoluto para comunicarme con él ni él conmigo. Nuestra única vía de comunicación era Facebook. Después de tanta espera sin sentido, decidí regresar a la casa, pues allá tenía Internet y estaba seguro de que en cualquier emergencia Alberto se comunicaría conmigo a través de Facebook. Así fue al llegar a casa revisé el Facebook y efectivamente tenía un mensaje de Alberto. Por fin había llegado a donde se suponía que nos encontraríamos. Tuvo un “pequeño” retraso y por eso llegó “un poco” tarde. De tan sólo haber tenido un teléfono celular nos hubiésemos ahorrado un largo rato lleno de angustias.
Después del momento de preocupación Alberto estaba de regreso en la capital del mundo y nos esperaba un fin de semana para no olvidar. Al día siguiente fuimos a tomarnos una copa de vino en la terraza del Hotel Península en la quinta Avenida. Señores, eso sí fue el welearepismo en su máxima expresión. La existencia del sitio la había descubierto en Internet mientras buscaba lugares para visitar en la ciudad. Ese día tanto Alberto como yo nos fuimos con ropa normal. Vale acortar que Alberto iba en shorts. Llegamos a la quinta Avenida y comenzamos a buscar el local, acorde a la dirección que habíamos visto en Internet. Al llegar a la entrada nos dimos cuenta de que se trataba de la terraza de un hotel cinco estrellas muy, pero muy welearepa. La reacción de ambos fue vernos de arriba abajo y pensar “¿Será que nos dejan entrar en estas fachas?”. No tuvimos problema en absoluto para entrar a pesar de que estábamos “mal vestidos”. Subimos a la terraza y la vista era flipante (así como diría Alberto). Se podía apreciar la quinta Avenida desde diferentes ángulos. El bar era relativamente pequeño. Un poco caro para ser franco. Me tomé dos copas de vino y pagué el equivalente de haberme tomado dos botellas en mi casa. Pero la verdad era que no me importaba el precio. Llevaba ya tiempo en Nueva York y no había hecho nada más que ir al trabajo todos los días. Ya era hora de welearepear a lo grande. Además, no todos los días puedes tomarte una copa de vino en la quinta Avenida de la capital del mundo junto a un buen amigo.
Gaby y yo en el High Line Park
Al día siguiente nos esperaba un sitio aún mejor. Y, lo mejor de todo era que se nos uniría #MaiTrulof, Gaby. A las 7:00 a.m del día siguiente Gaby llegó de Upstate New York y se quedó con nosotros el fin de semana. Lo que no sabíamos ninguno de los tres era lo que nos esperaba.
Ese día fuimos a comer sushi en un pequeño restaurante en Queens que se llama Tomo Sushi, muy bueno por cierto. Tuvimos un almuerzo a lo grande con vino incluido. Después pasamos horas caminando por Manhattan y al llegar la noche nos preparamos para irnos a rumbear a lo grande en la capital del mundo ¡Nuestra primera rumba welearepa en los Niuyores! Nos dirigimos a la terraza del edificio 230 de la quinta Avenida. Llegamos a las 11:00 de la noche. Éste sí que es un bar a todo dar. Cuenta con dos plantas, la primera cerrada y la segunda sin techo. Había gente hasta decir basta y el ambiente del bar es genial. Esa noche decidí olvidarme del mundo y disfrutar de todo. Cinco minutos después de haber llegado raspo la tarjeta y compro una mimosa. Poco rato después, me tomo una margarita. Aún conscientes tomamos unas fotos espectaculares con el Empire State al fondo. A los veinte minutos después otra margarita. Gaby y Alberto estaban prácticamente en la misma situación que yo. No recuerdo en realidad cuántos tragos nos tomamos, sólo recuerdo estar bailando merengue con Gaby con una canción que en realidad no era merengue y diciéndole a Gaby “¡Miss Venezuela!”. Otra margarita ¿Cuánto dinero he gastado hasta los momentos? No importa, la noche es joven y no todos los días puedo rumbear en Nueva York ¡Claro porque yo soy millonario y no me duelen los reales! Efectos del alcohol. Alberto compró tres tragos de tequila con limón y sal después de ahí recuerdo muy pocas cosas. Palabras como “tequila” “bébetelo todo, Moi” “Gaby, no te hagas la loca que te toca a ti” y otras más llegan a mi mente, pero no logro entenderlas. Recuerdo estar en la planta baja del bar sentado en un mueble de cuero negro. Gaby, Alberto y yo reíamos y me paro a comprar tres tragos. Sin tomar en cuenta la cantidad de dinero que había gastado durante la noche. Saquen la cuenta, el trago más barato costaba 15 dólares. Pido tres tragos de algo que no sé qué era, tal vez fueron tres tragos de tequila o tres margaritas. Había tanta gente y la música estaba tan alta que apenas podía escuchar lo que la chama del bar me decía: “Son 60 dólares, 20 dólares cada bebida”. En una situación normal, me hubiese escandalizado y hubiese dicho “Ni loco pago 60 dólares por tres tragos”, pero… bajo efectos del alcohol parece que no me importó mucho. Me saqué la cartera del bolsillo y busqué mi tarjeta de crédito ¡No la encontré! ¡Joder, perdí la tarjeta de crédito por borracho! Fue lo primero que pensé. Una vez más parece que no me escandalicé en absoluto. En su lugar veo que tengo la tarjeta de crédito de Lizett porque dos días antes ella me la había dado para que le comprara algo. Sin importarme mucho de quién era la tarjeta, la saco y se la doy a la chama que me dio los tragos. ¡Joder, que después tenía que pagarle 60 dólares a Lizett! “Tarjeta rechazada” me dice la chama del bar y da media vuelta y se va a servir otros tragos mientras ella espera que yo saque el dinero en efectivo y le pague. Sí, eso fue lo que ella pensó, lo que yo hice en realidad fue guardar la tarjeta de Lizett, agarrar las tres bebidas y me fui como Pedro por su casa. Regresé a donde estaban Gaby y Alberto y les dije “Perdí mi tarjeta de crédito”. En realidad no la había perdido. Por alguna extraña razón, que no recuerdo, se la había dado a Alberto.
Alberto y yo en el 230 5th Avenue
No recuerdo si nos tomamos los tragos o no, sólo recuerdo estar sentado junto a Gaby en el andén del subway esperando por el tren. No sé cuánto tiempo esperamos por el tren. Alberto era el más consciente de los tres. Pero al parecer no estaba muy consciente, pues tomamos el tren que no era. Al cabo de un rato Alberto dice “Moi, tenemos que bajarnos de aquí, este tren va para otro lado”. Yo sólo lo seguí. Salimos de la estación del tren y tomamos el primer taxi que vimos. Eran más de las 3:00 a.m. ¿Dirección? Pregunta el taxista, de rasgos indios por cierto. Le digo la dirección exacta, no importa cuántos tragos me tomé al parecer la dirección no la olvidé. Era tan severa nuestra condición que el taxista decidió “pasearnos” para que el taxímetro marcara más distancia y por lo tanto nos cobraba más. Unos minutos después de habernos montado en el taxi Alberto me dice: “Moi ¿Qué hacemos por el aeropuerto?” ¡¿El aeropuerto?! Fue cuando me di cuenta del malvado plan del indio taxista. Sin importarme nada he comenzado a insultar al pobre indio. “¡Mira desgraciado indio, tú crees que yo soy turista y por eso me vas a ruletear por todo Nueva York para cobrarme más. Me llevas ya para mi casa, nos estás paseando. Yo tengo 17 años viviendo aquí (Cosa que es mentira) Yo conozco muy bien el camino para mi casa. Ladrón!” El pobre taxista al parecer se asustó mucho y en menos de 10 minutos ya estábamos llegando a la casa. Gaby dice: “Yo pago el taxi”, pero algo pasaba. El monedero de Gaby no estaba en su bolso. ¡Mi monedero! ¡No lo encuentro! ¡Lo boté! ¡Lo boté! Efectivamente así fue, el monedero nunca apareció. Y mejor ni les digo todo lo que tenía adentro.
Cuando nos bajamos del taxi el indio nos dice que eran 35 dólares. Alberto me regresa mi tarjeta e intento pagar con la tarjeta de crédito, pues lo taxis allá tienen un pantalla donde puedes pasar la tarjeta por si no cargas efectivo. Yo veía todo doble y no podía marcar la cantidad exacta. Por poco marco 850 dólares. Pero en cambio, no sé qué fue lo que sucedió, pues al día siguiente cuando revisé mi estado de cuenta y me infarté por todo lo que había gastado, por lo menos tuve la buena noticia de que el taxista nunca nos cobró ¡Nos salió gratis el taxi! Creo que tal vez el tipo se asustó por la insultada que le di.
Al día siguiente Alberto tenía que despertarse a las 6:00 a.m. para ir hasta Nueva Jersey, ya que desde allí debía regresarse a Pensilvania. Gaby y yo nos quedamos durmiendo y a eso de las 8:00 a.m. y después de pasar todos los efectos del alcohol me desperté y caí en cuenta de todo lo que gasté y no sólo eso, sino también de lo que Gaby había perdido. Iniciamos una operación rescate e intentamos recordar el recorrido que hicimos la noche anterior. Llamamos al bar, pero el monedero no estaba en el departamento de objetos perdidos. Llegamos a la estación del subway cerca del bar y nada, tampoco estaba allí, fuimos a la estación donde tomamos el taxi y tampoco. El monedero nunca apareció. Gracias a Dios Gaby andaba conmigo, pues de lo contrario no hubiese podido regresarse al campamento.
Al cabo de unas cuantas horas y de darnos por vencidos no pudimos hacer más nada sino reírnos de todo. Cuando nos acordábamos de todo lo que habíamos hecho la noche anterior reíamos a carcajadas sin parar. Y, al final no importó cuánto dinero gasté o el monedero perdido de Gaby o el taxi que tuvo que pagar Alberto desde Manhattan hasta Nueva Jersey para poder llegar a tiempo, ya que había perdido el tren. Lo que importó es que fue una de las mejores rumbas welearepa de todas. Sin duda fue inigualable.
#MaiTruLof y yo en el 230 5th Avenue
En una segunda ocasión volví con Alberto, Vlado y otros amigos de ellos, al rooftop, pero esta vez la noche no estuvo tan loca. Fue una rumba normal con la diferencia que esta vez tomamos un taxi al salir del bar que sólo nos cobró 30 dólares y nadie botó nada. Creo que a pesar de todo aprendí que no importa cuánto quiera desconectarme del mundo, siempre es importante ser precavido, uno nunca sabe lo que pueda pasar.
En resumen, les recomiendo ampliamente visitar este bar en la quinta Avenida de la capital del mundo. Vale la pena. Para estar en Nueva York y además, en la tan famosa quinta Avenida, los tragos son relativamente baratos comparados con otros lugares. Por otra parte, la entrada es completamente gratis, sólo se paga lo que se consuma. La vista desde la terraza es una de las mejores que se tiene de la ciudad. Al frente se ve el Empire State iluminado en las noches y la sensación de estar en la cima del mundo es magnífica.
Ya saben, si visitan nueva York y les encantaría rumbear en la capital del mundo, no hay mejor lugar que éste. Después no digan que no les recomendé un buen bar. La dirección exacta es: 230 5th Avenue (Corner 27th street on 5th Ave.) También les dejo la página oficial por si le quieren dar un vistazo http://www.230-fifth.com/

Hasta la próxima edición de Tripping a la venezolana.

Moisés,

Un abrazo desde Caracas.

“So let’s set the world on fire, we can burn brighter than the sun…”

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