domingo, 28 de octubre de 2012

¡Joder tío, qué he llegao a la Madre Patria!

Plaza de Toros de Málaga
¡Hostia, tíos! Que he llegado al último país de visita por el viejo continente. ¡Joder! El dinero no me ha alcanzao pa’ visitá máh paíseh ¡Joder! Pero de nada me tengo que quejar, la Madre Patria estuvo llena de mucho vino, tinto de verano y diversión. Además, de hospitalidad, amistad y mucho cariño.
En principio mi estadía en Málaga sería de sólo semana y media. Sin embargo, las cosas cambiaron a última hora y mi semana y media se convirtió en un mes y medio. En este punto de mi viaje, y una vez más, me di cuenta de aquella frase que repito constantemente: “Todo pasa por una razón”. Sí, así es. Hoy más que nunca confío en eso. Todo es cuestión de ser paciente.
La razón por la cual mi semana y media se extendió tanto, fue porque mis planes para regresar a Gringolandia no salieron como los tenía planeado. Tuve problemas con el permiso de trabajo y todo se retraso más de un mes. Corrí con la suerte de contar con la ayuda de una persona, que hoy más que nunca aprecio enormemente: Alberto. Gracias a él, quien me ayudó incondicionalmente, mi larga estadía en España se transformó en la mejor estadía de todas. Es más, me atrevo a decir, que fue hasta mejor que mi estadía en la capital de Nazilandia.
Desde Londres hasta Málaga, al sur de España, salí el 25 de marzo a las 7:00 a.m. Mi vuelo era con una aerolínea de nombre Ryanair y el pasaje me había costado sólo 60 dólares. En el aeropuerto de Londres debía estar mínimo a las 5:30 a.m. pero ni siquiera con el primer tren de la mañana me daría chance de llegar al aeropuerto a tiempo. Fue por eso, que tuve que tomar el último tren del día y pasar toda la noche en el piso del aeropuerto. Por suerte, una vez más, la milagrosa cobija de Shania, muy poco masculina, me salvó la vida.
Me despedí de Leah con un fuerte abrazo y caminé hasta la estación de trenes de Brockley. Desde allí debía tomar dos trenes más, que me llevaron hasta la estación central y de allí tomé un último tren que me llevó directo al aeropuerto. Tuve que caminar tres cuadras para llegar a la estación de trenes que estaba cerca de la casa de Leah. Se pueden imaginar de nuevo, yo, con “Maleta Pesadilla” y “Maleta De Los Dolores”, más un bolso sumamente pesado en mi espalda. Lamentablemente, tuve que botar muchas cosas en casa de Leah, pues los 5 kilos de sobre peso que tenía Maleta Pesadilla, me iban a salir muy caros. Con mucho dolor dejé un libro en alemán, unas botas, un abrigo y varios papeles que llevaba. Por fin el peso exacto: 23 kilos. De camino a la estación del tren, sucedió una desgracia: la pobre Maleta de los Dolores dijo: “¡Ya no más, estoy cansada de sentirme usada y arrastrada por ti!”. Su última rueda dejó de funcionar. Ahora ya no tenía ninguna rueda y no podía hacer más nada por ella. Esta vez la arrastré por el asfalto y el sonido era dos veces mayor al que causaba cuando estábamos en Viena. Maldije un par de veces, pero igual seguí adelante obviando las miradas indiscretas de los londinenses que volteaban a verme.
Entrada al Museo Pablo Picaso
30 minutos después llegué a la estación principal de trenes. Caminé hacia una taquilla y compré el boleto del tren hasta el aeropuerto. ¡26 Libras Esterlinas, señoras y señores! Me costó sacar la tarjeta de la cartera y entregársela a la chama de la taquilla. ¡Era demasiado dinero para un tren! Por lo mínimo debían darme comida y masajes gratis en ese tren del carajo. Pero no fue así. Era un tren muy lindo y moderno, debo decir, con WI-FI, que no funcionaba y tomacorrientes donde podía enchufar la Tablet en caso de quedarme sin batería. Hice lo posible por sacarle provecho a las 26 Libras Esterlinas del boleto, pero el tiempo no fue suficiente. En menos de lo que me imaginé ya estaba en el aeropuerto.
Bajé del tren y caminé por la plataforma hasta llegar a unas escaleras mecánicas que me conectaron, directamente, con la puerta del aeropuerto Gatwick, otro de los aeropuertos de la ciudad. Londres cuenta con varios aeropuertos debido al gran número de visitantes por mes.
Cuando entré al aeropuerto, para mi sorpresa, no era el único que iba a pasar la noche allí. Había personas por todos lados tiradas en el suelo al lado de sus maletas. Parecía un campo militar con soldados durmiendo en todos lados. Me costó trabajo conseguir un sitio dónde acostarme. Después de caminar y explorar poco a poco el área del aeropuerto, encontré un rincón donde me pude acostar. Nada de WI-FI gratis en ningún lado. Sólo me quedó sacar la cobijita de Shania, colocarla en el suelo y acostarme sobre ella. Utilicé uno de mis suéteres como almohada y con otro me tapé la cara. Gracias a Dios no hacía frío allí adentro. A pesar de estar como el propio mendigo tirado en el suelo me quedé dormido sin problema alguno. A eso de las 5:00 a.m. me despertó la bulla de los empleados del aeropuerto. Encendieron las luces y la vida volvió al aeropuerto. Me apresuré en hacer el check-in lo más pronto posible, pues quería deshacerme de Maleta Pesadilla. El proceso fue sencillo, saltando la parte donde la chama tampoco sabía que yo no necesitaba visa para ir a España. Llamó a alguien por teléfono y corroboró su duda. Después de allí, todo perfecto. Entré al área de abordaje y desayuné en Starbucks (Sí, lo sé. Un poco welearepa el asunto) Esperé paciente hasta que anunciaron mi vuelo con destino a Málaga. Estaba lejos de la puerta de embarque, caminé junto a Maleta De Los Dolores, sin ruedas y a punto de dejar de existir. Finalmente llegué a mi puerta: C4. Comencé a hacer la cola y cuando me tocó abordar, al igual como en la otra aerolínea, me pesaron el equipaje de mano. Maleta de los Dolores pesó 10 kilos exactamente. Caminamos hasta el avión, no hubo carro que nos llevara. Subí por la puerta cerca a la cola y agarré el primer asiento que vi. Cerré los ojos y no supe más nada de mí hasta 30 minutos antes de llegar a Málaga cuando el piloto dijo: -“Señores pasajeros, hemos comenzado el descenso”-. Desde el aire observaba montañas cubiertas de molinos de vientos, de aquellos que se usan para producir energía eólica. Al cabo de 30 minutos, estábamos tocando tierra. Tomé a Maleta de los Dolores, le sonreí y juntos bajamos del avión. Mis zapatos tocaron por primera vez la tierra de los colonizadores, la tierra de blancos conquistadores, que hace más de 500 años, llegaron a las tierras del nuevo mundo. Una vez más, volvió a mí esa sensación de “¡Wow, hasta donde he llegado!” Me dirigí hasta el área de inmigración, quedé a casi mitad de la cola y esperé angustioso hasta llegar mi turno. Ésta es la parte en la que más me siento ansioso, cuando me toca el interrogatorio de inmigración.
Sin embargo, esta vez todo fue sencillo. Había tres oficiales en el mismo cubículo. Le muestro mi pasaporte a la oficial que me atendió. Me mira, mira el pasaporte y se lo da al otro oficial. El otro tipo me ve y me pregunta: -“¿Cómo están las arepas?”- y sonríe. –“Muy buenas y sabrosas como siempre”-. Le respondo. Me coloca el sello en mi pasaporte y me dice: “¡Feliz estadía!”
Muelle Uno, Málaga
Salí, busqué mi maleta y me dirigí hacia la puerta principal del aeropuerto. En principio Alberto me iría a buscar, pero las cosas no salieron como se habían planeado. Entonces Alberto me explicó  en pasos sencillos cómo llegar al centro de la ciudad. Antes de salir del aeropuerto, me acerqué a la casilla de información para preguntar dónde tomaba el bus en dirección hacia la Alameda Principal.
-“¡Hello, where can I…..” Le hablo en inglés al tipo y antes de terminar mi frase me doy cuenta de lo ridículo que me veía. Moisés, estás en España, se habla español, así como en Venezuela, el mismo (Bueno, casi el mismo). Llevaba ya meses sin hablar español, más que con mi familia y amigos por Skype y teléfono. Le sonreí con pena al chamo del puesto de información y esta vez le pregunté: -“¿Buenas tardes, dónde puedo tomar el autobús hacia la Alameda Principal?”- El tipo con tremenda cara de c…. me señala con el dedo la puerta principal y me dice: -“Allá afuera”-.
Salí junto a mis dos queridas y amadas compañeras de viaje: Maleta Pesadilla y Maleta de los Dolores. Esperé el bus junto a otros turistas y “pariendo” así como decimos en Venezuela, me monté con mis dos maletas bien pesadas.
El autobús tenía WI-FI. Me sorprendió eso, así que saqué mi Tablet, me conecté a Skype y llamé a Alberto: -“Voy en camino”-. Había pasado más de dos años desde la última vez que Alberto y yo nos vimos. Fue en Nueva York, después de haber trabajado juntos un verano completo en Pensilvania. Desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad, me tomó alrededor de 20 minutos o un poquito más. Fue un trayecto corto y sencillo.
Para mi gran sorpresa, Málaga no era un pueblo como yo lo creía. Imaginaba que Málaga era un pueblito costero, igual a Choroní en Venzuela. ¡Todo lo contrario! Mientras el autobús se acercaba más al centro, mi idea de Málaga iba cambiando. No es una megaciudad como Nueva York, Londres,  o Caracas; pero tampoco era el pueblo costero que yo me imaginaba.
Llegué a la Alameda Principal, el punto de encuentro dónde Alberto se suponía me esperaría. Bajé del autobús, miré hacia los lados, y no vi a Alberto por ningún lado. ¿Será que esta vez sí me bajé en el sitio que no era? Alberto me había dicho que me bajara en la última parada y el chofer me lo había confirmado. Esperé paciente durante diez minutos y Alberto no llegaba. Para mi tranquilidad yo tenía la dirección del trabajo de Alberto que en realidad estaba muy cerca. Me armé con el GPS de mi Tablet y caminé las dos calles que me separaban de la oficina de Alberto. Llegué, subí en el ascensor hasta el piso (El cual no recuerdo) y toqué la puerta de la oficina.
Atardecer en el muelle de Málaga
-“¿Buenas, se encuentra Alberto?”- Le pregunté a la chama que me abrió la puerta. –“No, él acaba de salir a buscar un amigo que venía del aeropuerto”-. ¡Ése soy yo! Por lo menos sabía que estaba en el sitio correcto y era sólo cuestión de minutos para que llamaran a Alberto y finalmente nos rencontráramos. Efectivamente, la chama llamó a Alberto y tomé mis maletas, bajé y justo al cruzar la calle, Alberto venía en dirección hacia mí. El tráfico lo detuvo un poco, pero un minuto después estaba justo al otro lado de la calle y nos abrazamos efusivamente. ¡Joder, tío que estás igualito! Le dije intentando imitar el acento andaluz, pero por más que lo practiqué, no me salió bien.
Desde allí Alberto me acompañó hasta la parada de autobuses y me explicó cómo llegar hasta su casa, me dio las llaves y se fue. Eran apenas las 12 del medio día y Alberto aún debía trabajar. Llegar hasta su casa fue tarea fácil, el problema fue cuando le fui a pagar al chofer, pues no me quiso aceptar el billete de 20 Euros que tenía. Sólo aceptaban billetes de 5 Euros como máximo o sino, debía pasar una tarjeta magnética, la cual no tenía. El chofer me pidió que me bajara del bus porque no podía aceptar el billete de una denominación tan alta. Para mi gran suerte, que en realidad no sé por qué tengo tanta, una chama se compadeció de mí y me dijo que no me preocupara. Se acercó al chofer, pasó su tarjeta magnética y pagó mi pasaje ¡Aún queda gente amable en el mundo! Fue lo primero que pensé. Le sonreí y le di las gracias muy amablemente y me subí con mis dos queridas maletas.
El trayecto fue de menos de 15 minutos y estuve pendiente todo el camino, pues no quería pasarme de parada. No tuve pérdida, todo fue sencillo, sin ningún tipo de complicaciones. Las personas en las calles eran muy amables y sonrientes. Después de bajarme sólo tuve que cruzar dos calles y listo, allí estaba, el edificio que sería mi hogar los próximos dos meses de mi vida.
Tinto de verano
Dato curioso: Málaga fue fundada por los fenicios en el siglo VIII A.C. Esto la hace una de las ciudades más antiguas de Europa. La ciudad es actualmente un destino turístico muy codiciado en el viejo continente, debido a su buen clima durante casi todo el año. A pesar de ser una ciudad europea el clima no es tan frío y es conocida como “La Costa del Sol”. Se pueden imaginar como terminé yo después de dos meses por allá. Primero, en Alemania pierdo casi por completo mi color y ahora en Málaga lo recuperé en un 500%.
Debo admitir que las playas de Málaga no me dejaron con la boca abierta ¡Claro, soy venezolano, caribeño y vengo de un país con playas paradisíacas! Sin embargo, el desarrollo de la ciudad a nivel turístico es uno de los mejores que me encontré en el viejo continente.
En Málaga tuve la oportunidad de conocer muchos lugares nuevos, costumbres, tradiciones, personas inigualables y experiencias únicas. Pero aún faltan muchos más relatos por contar.
Así que nos vemos en una próxima oportunidad en www.trippingalavenezolana.com

¡Espero os haya gustao mogollón, tíos!

Preparaos porque aprenderemos a hablar andaluz.

Un fuerte abrazo desde Caracas, Venezuela

Moisés

4 comentarios:

  1. Gracias Moises,ya no encuentro más halagos que hacerte, he disfrutado un montón, y espero que las arepas, ahora auténticas, no te distraigan demasiado y continues.Un abrazo.

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    Respuestas
    1. Querido Mariano, espero continuar con más relatos, aunque ahora el tiempo para escribir será más reducido... Igual no los abandonaré! :)

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  2. Me encanto!! Este y el post sobre Londres me gustaron mucho! Molan un montón, eh? jajajaja no sé hablar andaluz -.- y qué risa cómo Maleta de los Dolores quiere rebelarse ante el exceso de trotamundismo! le hace falta algo de disciplina a la muchachita! :P

    Ya quiero leer todo sobre tu estadía en España, y qué alegría que ya andes por estas tierras de nuevo que a pesar de no ser tan ordenadas o primer mundistas son maravillosas también... :)

    Un beso!
    Mariale

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  3. Mary! Claro que lo son... Eso lo repetí mucho por allá! A nuestras playas nadie le gana!
    No te preocupes que dentro de poco te enseñaré a hablar andaluz!! veraj lo facil que ej, tía!!!!!
    Un abrazote, gracias por leer! :)

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